Orbis Tertius, vol. XXVII, nº 35, e236, Mayo - Octubre 2022. ISSN 1851-7811
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

Dosier “Colecciones americanistas: libros que diseñaron un canon”

Biblioteca Ayacucho: la Enciclopedia latinoamericana de Ángel Rama

Fabio Espósito

Universidad Nacional de La Plata, Argentina
Cita recomendada: Espósito, F. (2022). Biblioteca Ayacucho: la Enciclopedia latinoamericana de Ángel Rama. Orbis Tertius, 27(35), e236. https://doi.org/10.24215/18517811e236

Resumen: El artículo reconstruye las políticas editoriales de Ángel Rama como director literario de la Biblioteca Ayacucho, haciendo hincapié en la formación de redes intelectuales en América Latina y en la consolidación de un canon latinoamericano no solo a partir de la selección de los títulos reeditados en la colección, sino también de sus paratextos, en particular los prólogos de cada volumen. Las reediciones de la Biblioteca Ayacucho buscan abarcar un conjunto de saberes para ofrecer a los lectores un conocimiento enciclopédico del espacio latinoamericano.

Palabras clave: Historia literaria, Latinoamericanismo, Editores y Editoriales, Canon literario.

Biblioteca Ayacucho: the Latin American Encyclopedia of Ángel Rama

Abstract: The article analyses the publishing strategies of Ángel Rama as literary director of the Biblioteca Ayacucho, focusing on the formation of intellectual networks in Latin America and the consolidation of a Latin American canon not only from the selection of the reissued titles in the series, but also of its paratexts, in particular the prologues of each issue. The reprints of the Biblioteca Ayacucho seek to cover a set of knowledge to offer an encyclopedic knowledge of Latin America to the contemporary reading public.

Keywords: Literary History, Latinoamericanism, Publishers and Publishing, Literary canon.

Ocurre que si el crítico no construye las obras, sí construye

la literatura, entendida como un corpus orgánico en que se expresa una

cultura, una nación, el pueblo de un continente, pues la América

Latina misma sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que

espera su realización completa (Ángel Rama, 1982, p. 15).


I. El boom petrolero de Venezuela y la creación de una biblioteca de clásicos latinoamericanos

La Biblioteca Ayacucho (BA a partir de ahora) fue un proyecto editorial del estado venezolano instituido mediante el decreto ejecutivo Nº 407 del 10 de septiembre de 1974, durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez (1974-1979). Fue creada para conmemorar el Sesquicentenario de la batalla de Ayacucho, “cuando las tropas patriotas, bajo la conducción del Gran Mariscal venezolano Antonio José de Sucre, sellaron la independencia de América del Sur”, tal como se indica en las solapas de los más de doscientos volúmenes de la colección. El decreto señalaba que la celebración de ese hecho histórico debía formar parte de un proceso político que reafirmara tanto la independencia política como el progreso económico del continente. En el año 1978 se constituyó en una Fundación patrocinada por el gobierno de Venezuela, gozando de autonomía financiera para su funcionamiento. Ángel Rama (1926-1983) recuerda que fue concebida inicialmente

como una biblioteca cerrada cifrada en unos quinientos tomos, que recogiera la vigencia del legado civilizador de América Latina, desde los textos precolombinos hasta nuestros días mediante una selección de autores y de obras fundamentales en las variadas disciplinas de las letras, la filosofía, la historia, el pensamiento político, la antropología, el arte, el folklore y otras (1981, p. 330).

Tres proyectos editoriales obraron como antecedentes de la BA. El primero de ellos fue la publicación de Biblioteca Americana (1823) y el Repertorio Americano (1826-1827) que Andrés Bello (1781-1865) llevara adelante durante su estancia en Londres (1810-1829). Si bien estos emprendimientos editoriales no fueron colecciones de libros sino revistas enciclopédicas, están relacionadas con la BA por los principios integracionistas que les dieron origen. Ambas revistas transmitieron principalmente dos ideales. El primero debe asociarse con el propósito de pensar América Latina como una totalidad geográfica y cultural, concebido por Francisco de Miranda (1750-1816) en su proyecto político de la Colombeia, es decir, el ideal de la integración. El segundo debe vincularse con la convicción de que la educación a través de un programa enciclopédico allanaría los caminos del bienestar y la felicidad de los pueblos, esto es, el ideal de la ilustración.

Otra ineludible iniciativa precursora de este proyecto continental fue la colección de libros de historia y literatura concebida y organizada por el escritor modernista venezolano Rufino Blanco Fombona (1874-1944), para la creación de la Editorial América en 1924. Vale la pena señalar que este nombre no surgió por generación espontánea. América fue precisamente el título que Andrés Bello le dio al poema que comenzó a escribir en Londres para que encabezara la lista de títulos de la Biblioteca Americana. De este libro solo logró culminar los dos primeros cantos: Alocución a la poesía (1823) y la Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826). Oscar Rodríguez Ortíz comenta que una de las colecciones de ese proyecto editorial fue denominada Biblioteca Ayacucho, en ocasión del Centenario de esa batalla (Blanco-Fombona, 2004). Se trataba de una colección que abordaba la emancipación latinoamericana a través de estudios historiográficos, biografías, epistolarios, memorias, etc. En ella aparecieron publicados dos volúmenes de Cartas de Bolívar, con notas de Rufino Blanco Fombona; Historia de la independencia de México de M. Torrente; Memorias de fray Servando Teresa de Mier. Su correspondencia (1823-1850) de José de San Martín, entre algunos de sus títulos más destacados. La Editorial América fue un emprendimiento editorial que Blanco Fombona sostuvo durante los veinte años que vivió en Madrid que puede emparentarse con el proyecto de la BA, porque desde la capital del Reino procuró difundir un catálogo de autores americanos hacia todo el espacio hispanoamericano, con una distribución tanto en España como en América Latina.

Por último, el antecedente más cercano y de mayor gravitación fue la Biblioteca Americana del Fondo de Cultura Económica, ideada por Pedro Henríquez Ureña, cuyos primeros volúmenes aparecieron en 1947, poco tiempo después de su muerte. Liliana Weinberg define a la Biblioteca Americana como

parte de un programa intelectual de largo alcance destinado a dotar a los lectores hispanoamericanos de una colección de obras que les permita reconocerse como integrantes de un ámbito histórico y cultural compartido y como herederos de una amplia tradición que dota de sentido al conjunto (2014, p. 7).

La célebre colección del FCE abrió el camino hacia la construcción de un lector culto de alcance continental con interés intelectual en la tradición latinoamericana. Así, el pasado colonial, la poesía popular, el mundo precolombino fueron conformando un espacio de conocimiento especializado, mediante una serie de volúmenes cuyas notas y prólogos estabilizaron un saber académico que dejó atrás las fronteras nacionales para alcanzar un horizonte regional. Esta huella es la que la BA procuró retomar.

En un trabajo pionero sobre la colección, Carlos Pacheco y Marisela Guevara (2004) afirman que su creación debe enmarcarse en un programa de gobierno que, por un lado, contempló lo que fuera calificado como una “política de pacificación”, que incluyó la eliminación de la guerrilla revolucionaria y al mismo tiempo la integración a la vida política legal de fuerzas de izquierda como el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Por otro lado, cambios geopolíticos globales que tuvieron lugar en los albores de la década de 1970, como la creación de la OPEP y el consiguiente aumento del precio del petróleo en los principales mercados mundiales, generaron un alza muy significativa de la renta petrolera y una revalorización de la moneda venezolana.

Esta dinámica de auge petrolero y bonanza económica le permitió al estado venezolano asegurar su capacidad de intervenir en todos los procesos productivos del país. Lo primero que se hizo fue modificar la ley de impuesto sobre la renta, lo cual significó que aumentara la alícuota petrolera al 60%. Los ingresos fiscales, que hasta el año 1973 habían sido de 4 mil millones de dólares, ascendieron a 10 mil millones en 1974. Poco después, en agosto de 1975, se promulgó la Ley de Nacionalización del Petróleo.

El cambio de rumbo de la política económica del estado venezolano demandó un programa político que se adaptara a la dinámica de los tiempos y concretara la búsqueda de otros consensos que legitimaran, tanto en el frente interno como en el terreno de la política exterior, su tentativa de asumir el control de los medios de producción de la nación. En el discurso de la promulgación de este renovado marco jurídico, Carlos Andrés Pérez presentó esta nueva Ley como parte “de las reivindicaciones fundamentales del Tercer Mundo” (1975). Esto representó el puntapié inicial de un programa nacionalista de gobierno que significaría un verdadero paso adelante en el proyecto inconcluso de la emancipación americana. Su renovada política petrolera llevó al presidente Pérez a procurar nuevas alianzas en el mundo, desplazándose del eje del enfrentamiento EEUU/URSS, característico de la Guerra Fría, y del acendrado anticomunismo de sus predecesores. Por esta razón, al promulgar la ley reafirmó su interés de posicionar a Venezuela en lo que se presentaba en aquel momento, como la esperanza de un nuevo orden mundial basado en la pluripolaridad y el latinoamericanismo. A continuación, se presenta un fragmento del discurso del expresidente venezolano:

El petróleo es hoy un problema económico y político mundial que involucra a Venezuela en una política exterior cada vez más exigente. Es el instrumento en manos de países del Tercer Mundo, los Miembros de la OPEP, para llevar a las naciones industrializadas al diálogo y a la comprensión que haga posible la creación de un nuevo orden económico mundial. Venezuela es actora y solidaria plena de esta controversia por la justicia internacional. Además de atender a sus particulares y obligantes compromisos de colaboración con las naciones hermanas de la América Latina (1975, p. 8).

Sobre este asunto Pacheco y Guevara apuntan que en ese momento coyuntural era imprescindible tomar algunas de las decisiones que indudablemente transformarían la economía del país y la cultura de la sociedad venezolana en su conjunto. En este orden de ideas comentan que: “Pérez entendió que las circunstancias históricas habían cambiado y que, en el mundo bipolar capitalista y socialista, era conveniente vincularse a ambos sectores” (2004, p. 105).

La confrontación quedó planteada entre los países productores de materias primas y los países industrializados que las consumen. En ese marco político, los usos del pasado variaron considerablemente: las luchas de la independencia y la utopía de la integración latinoamericana del siglo XIX pasaron a formar parte de un tiempo heroico que autorizaba llevar a cabo una acción política de fuerte impronta nacionalista, que por un lado plantara cara a los intereses económicos de los EEUU, y por el otro evitara las problemáticas referencias a las luchas revolucionarias del siglo XX, sobre todo, al antecedente más cercano de la Revolución Cubana de 1959.

No es casual que el mismo día de la promulgación de la Ley de Nacionalización Petrolera se presentara la Ley de Cultura, una antigua demanda de los intelectuales, artistas y creadores de ese país. Para impulsar y garantizar la ejecución de las políticas públicas en materia cultural que fueron dispuestas en el texto de esta Ley, fue creado el Consejo Nacional de Cultura (CONAC), organismo que articuló e impulsó la labor de instituciones culturales promotoras de la integración latinoamericana como la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) y la Fundación Biblioteca Ayacucho.

El proyecto de la BA no solamente fue impulsado por el boom petrolero venezolano. Otros factores facilitaron su desarrollo. La inestabilidad política que asoló el continente durante la década de 1970, en donde buena parte de los países de la región estaba bajo el control de dictaduras militares,1 hizo que Venezuela se convirtiera en un centro de acogida para muchos intelectuales, que se habían visto obligados a abandonar sus países para salvaguardar sus vidas.2 Esta ola de profesionales, científicos e intelectuales se incorporó con facilidad a la vida cultural venezolana y constituyó un aporte invalorable al proceso de crecimiento y consolidación de las instituciones académicas, científicas y culturales de ese país. En este sentido, la BA se nutrió de un elenco de figuras de la vida cultural y artística latinoamericana como Juan Fresán, responsable del diseño de la colección, Tomás Eloy Martínez, Nelson Osorio, Hugo Achugar, Clara Rey de Guido, Ana Pizarro, entre otros, además, por supuesto, del propio Ángel Rama.

Por otra parte, en la década de 1970 amainaron los vientos revolucionarios de la década anterior, sobre todo aquellos que habían soplado con tanta fuerza desde el Caribe. No solo la reacción contrarrevolucionaria de las fuerzas de derecha se fue adueñando del continente, sino que en el interior de la izquierda la tensión entre los intelectuales y el gobierno de Cuba que se venía insinuando a finales de los sesenta se volvió una ruptura pública, sobre todo a partir del estallido del caso Padilla en 1971 (Gilman, 2003). Con el desplazamiento de La Habana como centro político y cultural de la red de intelectuales de la izquierda latinoamericana, cobró protagonismo Caracas, con su módica revolución democrática arropada en el petróleo venezolano.

II. La Biblioteca Ayacucho: una colección de clásicos latinoamericanos

De acuerdo con Isabelle Olivero, la idea principal que impulsa la creación de las colecciones editoriales modernas consiste en la asociación de un formato y una selección de textos dirigida a un público lector determinado. Esta asociación supone un proyecto editorial, de modo que la colección más que una suma de textos es una construcción intelectual (1999, p. 269). Olivero sostiene que el significado de “Biblioteca” adquirió una nueva definición en los siglos XIX y XX, cuando se convirtió en lo que hoy llamamos una “colección”, es decir, una compilación de obras aunadas por un mismo formato, que recurre a métodos de marketing orientados al consumidor para presentar el material editado ya no como objetos individuales sino como una serie de piezas múltiples que se reúnen, se consumen y se muestran como una unidad (2011, p. 72). En tal sentido, la biblioteca es una serie coleccionable de volúmenes individuales.

La BA fue concebida como una colección enciclopédica de “clásicos latinoamericanos”, esto es, una serie de títulos que representan un todo integrado de las letras del continente, que constituyen los más valiosos aportes intelectuales para la comunidad de lectores de la región. De acuerdo a la reseña informativa que se encuentra en la solapa de cada uno de los volúmenes de la colección clásica de la editorial, la BA estaba “destinada a recoger las más importantes obras de la creación y del pensamiento latinoamericanos, desde los orígenes hasta el presente” (Bolívar, 1979, solapa).

En la actualidad la editorial BA cuenta con cuatro colecciones: Colección Clásica, Claves Políticas de América Latina, Claves de América y La Expresión Americana. La Colección Clásica es la colección originaria del proyecto latinoamericanista. Las otras vinieron después, se le fueron sumando con los años para ampliar el espectro temático y discursivo que fue abordando el fondo. Los libros de la colección principal de la fundación fueron editados desde un principio en el siguiente formato: tamaño 15x21 cm, encuadernados en una versión rústica y en otra empastada, de papel bond grueso ahuesado y una mancha de impresión de márgenes amplios e interlineados generosos.

El precio inicial de venta al público de cada uno de los tomos de la Colección Clásica era de unos 12 dólares. La Colección fue concebida como un producto enciclopédico destinado a bibliotecas y a lectores cultos, con un buen poder adquisitivo. El diseño de la colección estuvo a cargo de Juan Fresán y se destacaban sus cubiertas negras y la reproducción de obras plásticas extraídas del patrimonio iconográfico latinoamericano. En su correspondencia con Gonzalo Losada, dueño de Editorial Losada, a quien solicitó autorización para publicar Canto general de Pablo Neruda y tres obras de Miguel Ángel Asturias, Rama trazó un panorama de los aspectos formales de la colección:

No sé si ya le han llegado noticias de este espléndido proyecto de una biblioteca latinoamericana que ha decidido patrocinar el gobierno venezolano. Se trata de un intento de recoger las grandes obras del pasado desde el Inca Garcilaso de la Vega y Simón Bolívar en adelante, en ediciones pulcramente anotadas y prologadas con serios estudios, además de completadas con cronologías informativas. Pienso que es una excelente contribución al mejor conocimiento de nuestro pasado, que será de gran utilidad para los estudiosos y profesores de toda América (citado en Pacheco y Guevara, 2004, p.108).

En cuanto a la estructura de gestión, José Ramón Medina (1919-2010) fue designado como Director Ejecutivo de la BA, mientras que Ángel Rama fue nombrado Director Literario. Estaban acompañados por una Comisión Editora integrada en sus inicios por Ramón Escovar Salom, Miguel Otero Silva, Simón Alberto Consalvi, Oscar Sambrano Urdaneta, Oswaldo Trejo, Ramón J. Velázquez. Las políticas editoriales se determinaban mediante decisiones colectivas y, por lo tanto, eran el resultado de acalorados debates y arduas negociaciones. Asimismo, en septiembre de 1974 tuvo lugar un encuentro preliminar con una reducida delegación de especialistas latinoamericanos entre los que se encontraban los brasileños Darcy Ribeiro y Sergio Buarque de Holanda, el uruguayo Arturo Ardao, el mexicano Leopoldo Zea y el cubano Roberto Fernández Retamar. Además, en 1975 y 1976 se llevaron a cabo en Caracas talleres con especialistas de todo el continente con el objeto de acordar la selección de los títulos que debían incluirse. El primer encuentro del consejo editorial con el grupo de asesores de la BA se llevó a cabo en noviembre de 1975. Esta reunión contó con la presencia de más de 40 especialistas3 (Rama, 2020). Al revisar tanto el listado de títulos publicados como los responsables elegidos para coordinar la edición de cada volumen, se puede percibir un tironeo entre las ambiciones latinoamericanistas del crítico uruguayo y las miradas más reducidas al ámbito nacional de sus colegas.

En su diario, Rama deja testimonio de esta diferencia de criterios, en una entrada del 18 de septiembre de 1974:

Reunión con los delegados extranjeros para oírles sugerencias sobre la BA. Casi nada de interés, sobre todo a causa de la estrechez nacionalista de miras: Ardao habla de recopilar en varios tomos los escritos de Battle y Ordoñez; Roig, de publicar las historias de los ferrocarriles argentinos de Scalabrini y así sucesivamente. Compruebo, y con la mejor audiencia posible, la atroz incomunicación latinoamericana. Y, más que nada, la ausencia de un verdadero plano continental, unitario para medir su creación cultural, aplicando en la óptica crítica esa conciencia latinoamericana de la que tanto se habla y la que tan escasamente se practica (Rama, 2001, p. 39).

Amparo Rama reproduce una carta que su padre enviara a Julio Pedro Díaz en relación con el proyecto de publicar la obra narrativa de Felisberto Hernández, en donde puede verse con claridad cómo se tomaban las decisiones en la Fundación Biblioteca Ayacucho y las estrategias de Ángel Rama como Director Literario para llevar adelante los proyectos de edición:

Conozco de sobra tu versación sobre el tema, como la has demostrado en tu trabajo sobre “Tierra de la memoria” y tú sabes que yo también conozco bien al autor: …Sin embargo, ni tú ni yo la haremos, sino que se le ha planteado a Cortázar la presentación de ese tomo. Las razones son simples y tienen que ver con la forma en que se manejan los asuntos culturales en este mundo en que vivimos. Aunque ambos sabemos que Hernández es un gran escritor, eso no lo saben los integrantes de la Comisión Editora de la Biblioteca Ayacucho, que simplemente me miran cuando yo lo propongo y se dicen "in petto": "Debe ser un amigo o pariente uruguayo de Rama". La forma en que efectivamente es aprobada la publicación de Hernández es cuando yo lo presento diciendo que Cortázar quiere escribir el prólogo para ese volumen, lo que no es cierto: simplemente le pido a Cortázar que se haga un tiempo, lo persuado, persuado a Ugné [Karvelís], y entonces presento ese esquema a la Comisión. Pero si un escritor de la fama de Cortázar está dispuesto a presentar a este desconocido llamado Hernández, la Comisión Editora de inmediato aprueba con beneplácito y hasta con felicitaciones mi propuesta. En esa forma de operar reconozco también que algo parecido ocurrirá con el público lector… Como al mismo tiempo deseo tu participación en el volumen… te escribo para proponerte la preparación…, o sea la selección, las notas referidas a las diversas obras seleccionadas y la cronología. Eso hice yo para el Rodó cuyos prólogos estuvieron a cargo de Real de Azúa. Puedo comprender que a un intelectual no le dé gana hacer una tarea de ese tipo: recientemente Ghiano rehusó una propuesta de esa naturaleza. Pero, aunque deseando que puedas colaborar en esa forma en el tomo, lo que me preocupa es dejar en claro cómo se ha procesado esta publicación. Si bien soy el director literario de esta Biblioteca, quienes la dirigen son las siete personas que forman su Comisión Editora: me hacen confianza para muchos asuntos, prácticamente tengo libertad para la elección de los colaboradores de tipo técnico, pero no resuelvo yo, sino que simplemente propongo y trato de persuadir. El trabajo y los padecimientos que ello me procura, sólo yo (y Marta [Traba]) lo sé: creo que la desesperación que nos ha venido a mi mujer y a mí por irnos durante un lapso largo lejos de todo, algo tiene que ver con los conflictos que se nos generan, se me generan, con motivo de estas tareas. Como creo que la Biblioteca puede ser importante, he tratado de perseverar en la empresa (carta del 11 de junio de 1976).

Como era una institución oficial, la BA no estaba eximida de presiones políticas, muy habituales, por otra parte, en el marco de la Guerra Fría. En una carta a Antonio Cornejo Polar, Rama confiesa que “la Comisión ha tenido que defender con aspereza su derecho a la autonomía técnica en el caso de Pablo Neruda que gracias a la insidiosa intervención de tu compatriota Luis Alberto Sánchez ante sus amigos del gobierno venezolano, motivó una reclamación de la Presidencia” (Rama, 2020, p. 58).

Facundo Gómez (2019) también constata estas desavenencias en el seno de la Comisión Editora a propósito de una serie de críticas que Arturo Uslar Pietri (1906-2001) formulara a las principales políticas editoriales que el crítico uruguayo llevaba adelante como Director Literario de la BA. Algunos pormenores de esta atmósfera de tensión intelectual que surgió entre estas dos figuras de la literatura latinoamericana puede verse reflejada en el intercambio epistolar que hubo entre Ángel Rama y José Ramón Medina a principios de los años ochenta. Uno de los puntos cuestionados por Uslar Pietri era el carácter interdisciplinario de la colección que, en su opinión, debía estar dedicada solo a textos literarios. El segundo reclamo hacía hincapié en la publicación de textos históricos sobre la Conquista, entre los cuales se incluyeron obras de autores peninsulares con una perspectiva ideológica en favor de la Corona Española. Uslar también manifestó sus objeciones con respecto al lugar que ocuparon y el tratamiento que recibieron en la colección figuras como Simón Rodríguez y Simón Bolívar. Al primero, a juicio de Uslar Pietri, se le habría dedicado poco espacio. En cuanto al Libertador, no habría sido visto con buenos ojos por parte de los intelectuales venezolanos la inclusión de algunas reflexiones suyas en el volumen sobre el pensamiento conservador del siglo XIX a cargo de José Luis Romero.

El escritor venezolano también puso en tela de juicio la apertura del catálogo hacia obras cuya lengua original no fuera el español o el portugués, particularmente de autores del Caribe francófono y anglófono. El último reparo exigía una mayor presencia de autores venezolanos. Frente a estas críticas, Rama hizo explícita su postura en favor del carácter interdisciplinario de los textos, de la importancia del pasado colonial y de los orígenes culturales de América Latina, así como también de la necesidad de ampliar el mapa hacia todos los rincones del continente y de mantener el equilibrio de la representación de las naciones a través de los textos incluidos en la colección (Gómez, 2019, pp. 28-29).

Este debate representa solo una ínfima muestra del clima contencioso en el que se desarrolló la gestión editorial de la BA, la cual desde su inicio se fue formando en medio de una disputa que ponía en evidencia la heterogeneidad del paisaje intelectual e ideológico de un continente en el que la tensión de las ideas y la puja de intereses se debaten a muerte por la hegemonía cultural. Este mismo ambiente de confrontación también se podía reconocer en los diferentes niveles de la cadena de producción editorial, en donde las políticas y las decisiones que se llevaban adelante eran el resultado del inestable equilibrio de tensiones del campo intelectual.

La política editorial que está en la base del ideal de la integración latinoamericana de Ángel Rama no era una novedad, pues había sido implementada en las primeras décadas del siglo pasado por los editores españoles. El mercado del libro en América Latina puede concebirse como un espacio internacional conformado por un conjunto de mercados nacionales articulados por una lengua en común, el castellano. Este rasgo ya había sido advertido por los editores españoles que se aventuraron a conquistar esta plaza comercial sobre todo a partir del final de la Primera Guerra Mundial. José Venegas, un editor español que había viajado en 1929 a la Argentina como emisario comercial de la CIALP para explorar las posibilidades de distribución del libro español en Hispanoamérica, señaló con enorme perspicacia que debe distinguirse el libro nacional –español, mexicano, argentino o paraguayo– que por su temática solo circula en su país de origen, pues para el resto de las naciones carece de interés, del libro hispánico “que tiene toda la dilatada expansión que le ofrecen los países de habla castellana” (Venegas, 1931, p. 15). “Tenemos, por tanto”, concluye Venegas,

superando a la industria editorial de cada nación hispanoamericana, otra industria editorial que lanza el libro hispánico, o sea el destinado a ofrecer el mismo interés en una librería de Madrid, que en una de Buenos Aires o de Santiago de Cuba. Para esta industria no existen las veinte fronteras de los veinte países; dispone de un solo mercado formado por el conjunto de todos ellos (Venegas, 1931, p. 16).

La integración cultural que Ángel Rama tuvo en mente al diseñar el proyecto de la BA, la construcción de ese “verdadero plano continental”, guarda muchos puntos de contacto con el lanzamiento de lo que José Venegas llama el “libro hispánico” y está vinculada con la articulación de un público lector culto de alcance continental, en cuyas manos la BA pone una serie de ediciones críticas, con notas, prólogos y cronologías elaboradas por los más importantes especialistas del continente. A su vez, una colección de este tipo contribuye al fortalecimiento de un campo de estudios interdisciplinario que abreve en la crítica literaria, la historiografía, la sociología, la antropología, los estudios de folklore, etc.

Fernando Degiovanni (2018) afirma que la BA fue un proyecto editorial de integración continental basado en el mercado, concebido como un programa político de “integración cultural”, alejado de la Revolución Cubana, a la cual Rama había retirado su apoyo después del caso Padilla. Sin embargo, Degiovanni no explica de qué modo este proyecto editorial se integra al mercado del libro, sobre todo porque no hay que perder de vista que es un proyecto estatal, financiado con fondos públicos y que entre sus metas no figura obtener un beneficio económico.

La finalidad del proyecto editorial era principalmente política, en el sentido de que forma parte de una batería de políticas públicas de índole cultural implementada por el gobierno venezolano. No obstante, es innegable su impacto sobre el mercado del libro hispánico, dado que deliberada o fortuitamente impulsó la formación de un nicho de ventas en el sector editorial, vinculado con el conocimiento de la literatura, el arte, la cultura y el pensamiento político de América Latina que ocupó un territorio baldío en el campo cultural de los estudios latinoamericanistas.

En ese sentido la BA se constituye como un producto de mercado de calidad que permite reconocer en objetos culturales muy disímiles un hilo conductor a través de la uniformidad del diseño de su colección de obras de autores clásicos. Ese sería el hilo conductor que comunica y entrelaza a través del “gran tiempo” las leyendas de la cultura maya, las crónicas de la Conquista, los discursos políticos de los héroes de la independencia con los cuentos de Adolfo Bioy Casares. En este sentido, para Jessica Gordon-Burroughs (2014) la originalidad de la BA no reside en los autores promovidos, quienes en su mayoría son autores consagrados, sino en el amplio abanico de títulos y géneros seleccionados y en el orden y la yuxtaposición de esos títulos en una lógica culturalista particular: La BA representó, así, la cristalización de un cambio hacia la concepción de la literatura como un “documento social”, agrega. Según Gordon-Burroughs, la operación de canonización que practica la BA no consiste en consagrar nuevas figuras ni en rescatar autores olvidados del pasado, sino más bien en colocar en una serie continental autores con un recorrido en los mercados nacionales. En este sentido, apunta Rama en su diario:

Escavar Salom cuestiona el primer título, los escritos de Bolívar, con este argumento: ¡ya son muy conocidos! Es tan asombroso, que es inútil decirle que los libros que justamente deberán formar la Biblioteca Ayacucho son los más conocidos. Me limito a argumentar que en otras áreas del continente desgraciadamente no es igualmente conocido (2007, p. 42).

Como vemos, el fastidio del crítico uruguayo se multiplica cuando percibe que sus colegas de la Comisión Editora no comprenden que la estrategia del proyecto editorial consiste en gran medida en espigar textos con una historia previa en sus mercados nacionales y hacerlos correr en un espacio transnacional, en donde adquieren otra significación.

La idea de una colección supone llevar adelante un conjunto de operaciones de selección basadas en diversos juicios de valor. Los títulos incluidos en la serie, que son presentados como “las más importantes obras de la creación y del pensamiento latinoamericanos”, deben atesorar algún tipo de valor, poseer algo que los haga brillar más intensamente para que puedan formar parte del Olimpo latinoamericano. La naturaleza de ese atributo no solo es estética, sino también política. En este sentido, se incluyen obras que contribuyen a dar forma a cierta tradición de pensamiento latinoamericano. Es decir, la colección establece una tradición selectiva. En el origen de esa tradición se halla el ideal emancipatorio bolivariano representado cabalmente por el primer volumen de la colección, Doctrina del Libertador, una selección de textos políticos de Simón Bolívar.

En función de ese ideal se va hacia atrás en el tiempo, hacia los períodos colonial y prehispánico en busca de los precursores de la emancipación americana. Y hacia adelante, en busca de sus continuadores. De este modo, se incluye en la colección los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, porque “es reconocido como el primer escritor clásico hispanoamericano” (Fundación Biblioteca Ayacucho, p. 24); la Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas, debido a que el sacerdote dominico “dedicó 52 de los 91 años de su vida a una exaltada defensa de los indios americanos (p. 96); Literatura maya, una selección de la producción intelectual de los pueblos prehispánicos de Guatemala y Yucatán, debido a que “se trata de los libros reescritos o elaborados por los hombres mayas a partir de la tradición oral después de la Conquista, en un intento de afirmar su identidad ante la implacable destrucción de los libros e inscripciones originales que tuvo lugar durante este proceso” (p. 60).

III. Los autores de los prólogos. Las redes intelectuales de Ángel Rama

Uno de los aspectos más destacables de la BA es la calidad de sus prólogos. Entre ellos hay piezas antológicas que se han convertido en relecturas indispensables de los materiales que presentan, como “Una nación para el desierto argentino”, el prólogo de Tulio Halperín Donghi para el volumen Nº 68 Proyecto y construcción de una nación (1846-1880), una compilación de escritos políticos de Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Hernández, Roca, entre otros; “El sistema de la literatura gauchesca”, del propio Rama, para presentar el volumen Nº 29 Poesía gauchesca; el prólogo de Cintio Vitier al volumen Nº 40, Obra literaria de José Martí; el de Aurelio Miró Quesada a Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega (Nº 5); el de Rafael Gutiérrez Girardot a La utopía de América de Pedro Henríquez Ureña (Nº 37), el prólogo escrito por José Miguel Oviedo para la obra de Ricardo Palma, Cien Tradiciones Peruanas (Nº 7), el de David Viñas al volumen de Teatro Rioplatense (1886-1930) (Nº 8), y el de Rama a la Poesía de Rubén Darío (Nº 9), entre otros.

En una carta dirigida a Fernando Alegría, quien se encargaría de la edición de Canto general de Pablo Neruda, Rama le indica las características que debían tener estos estudios preliminares:

El prólogo es un ensayo sobre la obra, con un mínimo de treinta cuartillas mecanografiadas y un máximo de ochenta. Las notas van dedicadas a un público general –no de especialistas– y, por lo tanto, son preferentemente informativas e históricas (citado en Pacheco y Guevara, 2004: p.123).

Los autores encargados de elaborar los prólogos fueron seleccionados con mucho cuidado porque en ese espacio se libraba la batalla por la lectura de la tradición latinoamericana. Prevalece en todos ellos una perspectiva cultural y sociológica ejercida por críticos académicos reclutados de las principales universidades de los diversos países de América Latina, así como también de Europa y los Estados Unidos. Algunos de ellos eran firmas consagradas como el propio Rama, Tulio Halperín Donghi, Cintio Vitier, Miguel León Portillo, António Cândido, José Luis Romero, Antonio Cornejo Polar, Jean Franco. Otros, eran jóvenes promisorios de brillante porvenir como Haroldo de Campos, Roberto Schwartz, Beatriz Sarlo, Enrique Ballón, entre otros.

Así como la selección de los títulos de la colección era el resultado de acuerdos en el seno de la Comisión Editora, lo mismo ocurría con la designación de los encargados de los volúmenes y los autores de los prólogos. Son varias las redes intelectuales que confluyen en la BA. Una es la red de intelectuales trashumantes de la que participa Ángel Rama, conformada principalmente por profesores que ocupaban plazas universitarias en Venezuela, México, Europa y EE.UU, nuevos horizontes a los que habían arribado en busca de mejores perspectivas laborales o debido a la necesidad de abandonar sus hogares, amenazados por las persecuciones políticas.

Otro grupo de colaboradores es el que estaba conformado por la llamada red de intelectuales venezolanos integrados al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Esta red no solo participa de la gestión ejecutiva de la colección, sino que también proporciona un buen número de colaboradores para los diferentes volúmenes. Como Director Literario, el margen de acción de Rama es muy amplio, pero tiene límites. Uno de ellos estaba relacionado con la planificación de los volúmenes de autores venezolanos, en la cual pareciera que Rama habría cedido la iniciativa a los miembros de la Comisión Editora. Por ejemplo, la edición del volumen Nº 1, Doctrina del Libertador de Simón Bolívar estuvo a cargo de Manuel Pérez Vila, miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, mientras que el prologuista fue Augusto Mijares, un historiador y político venezolano, miembro de la Academia Nacional de Historia de Venezuela, Ministro de Educación entre 1948 y 1950 y autor de una muy difundida biografía de Simón Bolívar. Allí donde el interés de la Comisión Editora no es tan evidente, la autonomía de Rama se acrecienta. Este es el caso de la zona brasileña de la BA, donde es posible constatar que la mayor parte de las decisiones fueron tomadas por el crítico uruguayo, bajo la atenta tutela de sus amigos António Cândido y Darcy Ribeiro (Cândido y Rama, 2016).

Si para la planificación de los volúmenes Rama se valió de una amplia red de intelectuales que había construido desde fines de la década de 1950 a partir de sus múltiples facetas de periodista, crítico literario, editor, gestor académico y cultural, y profesor universitario, su papel de Director Literario de la BA lo confirmó en el centro de esa red en el nuevo escenario político y cultural que se presentó en la década de 1970, signada por la pérdida de liderazgo de Cuba en el ámbito intelectual de la izquierda latinoamericana y el avance de las dictaduras militares en la región. Por un lado, la BA logró constituirse en una gran vidriera continental no solo para los autores contemporáneos seleccionados, sino también para los especialistas a cargo de la preparación de los volúmenes. Por otro lado, los generosos honorarios que se solían abonar –mil dólares por un prólogo y cuatrocientos por una cronología– convirtieron a estos encargos en un verdadero alivio financiero para muchos intelectuales que estaban padeciendo una fuerte inestabilidad laboral.4

IV. Un catálogo para América Latina

El catálogo general de la BA publicado en el año 2007 recoge 236 volúmenes y 223 títulos. El primero de ellos, como hemos dicho, fue Doctrina del Libertador, una colección de escritos políticos de Simón Bolívar, publicado en 1976; el último, Críticas, visiones y diálogos de Jesús Semprum, una compilación de ensayos críticos aparecida en el año 2006. Algo más de siete títulos de promedio por año. Sin embargo, el ritmo de publicación fue muy desigual. Durante los primeros diez años aparecieron 108 títulos, con un promedio anual de algo más de 10 títulos. Mientras que los 115 restantes llevaron 21 años de trabajo, disminuyendo el promedio anual de publicación a la mitad. 1978 fue el año más prolífico: aparecieron 23 títulos. En contraste, durante 1999 no apareció ninguno; y solo 1 en 1995, 2001, 2004 y 2007.

Tabla 1
Títulos publicados por año
Títulos publicados por año

Rama se desempeñó como Director Literario hasta su muerte, ocurrida el 27 de noviembre de 1983. Si consideramos que en el momento de su deceso algunos volúmenes debían estar en prensa, otros con los contratos firmados y otros planificados, bien se podría considerar que los títulos que fueron apareciendo a lo largo de los tres años siguientes contaron en su proceso de edición con la participación de Rama. De modo que el catálogo puede dividirse en dos: los primeros 117 títulos hasta el año 1986, bajo la dirección de Rama y los siguientes 106 títulos de 1987 al 2006, bajo la gestión de otros directores.5 Con su ausencia, el catálogo sufrió modificaciones.

En primer lugar, aumentó la proporción de autores venezolanos. Si de los primeros 117 títulos, 15 pertenecieron a autores venezolanos (12,82%), esta cifra ascendió a 26, si consideramos los 106 títulos restantes (24,53%). En segundo lugar, disminuyeron los títulos anteriores a la emancipación, ya sea de autores coloniales, cronistas de la conquista o textos precolombinos. Entre los primeros 117 títulos, 26 correspondieron a textos anteriores a la Emancipación (22,22%); mientras que se incluyeron solo 11 entre los 106 títulos restantes (10,38%). Por último, hubo un incremento en la proporción de autores modernos. Si en la primera etapa 55 títulos correspondieron a autores modernos (47%), en la segunda ascendieron a 76 (71,70%).

Tabla 2
Títulos por período
Títulos por período

En el Catálogo General del año 2007, junto con una muy completa información bibliográfica, se incluye el nombre de un país –más de uno en algunos pocos casos– que habitualmente indica la nacionalidad del autor. Cuando la obra es anterior a la formación de las naciones hispanoamericanas se señala el país que actualmente ocupa el territorio donde el autor nació o donde la cultura precolombina se desarrolló. Por ejemplo, en el volumen Literatura quechua, una recopilación de narraciones orales traducidas de lenguas aborígenes, se indica Bolivia/Ecuador/Perú. En otros casos más controvertidos, como cuando el autor es español, se indica el nombre del país cuyo territorio es objeto de representación. Por ejemplo, en Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés de Francisco López de Gómara, quien nació y murió en España y nunca visitó América, la nación que se registra es México, debido a que la obra aborda la conquista de México. Por otra parte, se justifica la inclusión de este volumen en el hecho de que es “una rica fuente de información acerca de la historia, la religión y las costumbres de las sociedades dominadas, así como sobre la flora, la fauna y la geografía del Nuevo Mundo” (Fundación Biblioteca Ayacucho, p. 65).

Tabla 3
Títulos publicados por país
Títulos publicados por país

Con la información recogida del Catálogo General fue elaborada la Tabla 3, de cuya lectura podemos extraer algunas conclusiones. La primera es muy evidente: la exclusión de España y los Estados Unidos; este recorte es la premisa básica del latinoamericanismo en cualquiera de sus versiones. En segundo lugar, hay un interés manifiesto en que todos los países de América Latina aparezcan representados por al menos un volumen. Incluso, se incluye un título dedicado a difundir la obra del escritor haitiano Jacques Roumain, proveniente del Caribe francófono. En tercer lugar, es notoria la fuerte presencia de Brasil en el catálogo (17 títulos), solo detrás de Venezuela (41), Perú (20) y Argentina (19).

La puesta en circulación entre el público hispanohablante de las traducciones del portugués de algunos de los grandes exponentes de la cultura brasileña es uno de los grandes méritos de la BA. El primer libro de un autor brasileño de la BA se publicó entre los primeros títulos de la colección en 1977. Se trata de Casa Grande & Senzala (1933) de Gilberto Freyre, cuya primera traducción al castellano había aparecido en Buenos Aires bajo el sello de Emecé en 1942, con traducción y notas de Ricardo Sáenz Hayes. Su difusión había sido bastante modesta y solo se registró una única reedición al año siguiente. Luego de 34 años, la BA puso al alcance de una nueva generación de lectores latinoamericanos un libro fundamental sobre la formación de la sociedad brasileña, que se ha convertido en un clásico de los estudios antropológicos y sociológicos brasileños modernos.

Por último, hay que destacar la publicación de la novela Noli me tangere, de José Rizal, héroe y mártir de la independencia de las Filipinas, fusilado por las autoridades coloniales españolas en 1896. La reseña del catálogo anuncia la obra del siguiente modo:

Escrita originalmente en español, esta obra nos presenta los conflictos de la sociedad colonial en Filipinas y la lucha por la independencia, haciendo contrastar el despotismo y la ciega obediencia con la dignidad y el civismo, evocando notablemente la acción contemporánea de José Martí en otra isla del imperio español: Cuba (Fundación Biblioteca Ayacucho, p. 27).

Escrita en español, esta novela fue publicada por primera vez en 1887 y poco después fue traducida al inglés (1900), al francés (1902) y al tagalo (1909). Obra fundamental de la formación de la nacionalidad filipina, ha circulado mayormente en sus traducciones al inglés y al tagalo. En cuanto a las ediciones en español, en la primera década del siglo XX fue publicada por la Casa Maucci de Barcelona (1909) y hay una impresión al offset de la edición príncipe llevada a cabo por la Comisión del Centenario de José Rizal en Manila, en 1961. La edición de BA difundió en América Latina una novela que, pese a su importancia histórica, no circulaba por el continente desde la primera década del siglo XX. En el prólogo a la novela, Leopoldo Zea establece un paralelismo entre los procesos de descolonización de las islas del Caribe y las Filipinas, últimos reductos del viejo imperio español, que luego de la guerra hispano-estadounidense de 1898 quedaron en manos de los EE.UU, la nueva potencia colonial emergente. Concluye Zea:

1898 señalaba el fin de un ya viejo imperio; pero al mismo tiempo el principio de otro aún más poderoso […]. Moría el imperialismo y nacía el neoimperialismo. La nueva nación se aprestaba a ocupar el vacío de poder de los viejos imperios. En Filipinas y en Antillas se iniciaba el relevo. Un relevo que abarcaría el resto de América Latina y llegaría a Asia hasta rodear el Planeta (Rizal, 1976, p. X).

La inclusión de la novela de José Rizal, por lo tanto, contribuye a definir la identidad cultural y política de la región en el marco de un nuevo orden poscolonial, que va más allá de los límites continentales.

Las prácticas editoriales que se llevan a cabo para dar forma a la colección ponen en juego diversas tareas. El primer paso consiste en un proceso de selección que puede ser de un autor, una o más obras de ese autor, un género, un tema o una disciplina. El segundo, en la articulación e integración de los textos seleccionados en un solo volumen, que circulará a partir de entonces como una obra independiente. De acuerdo con el objeto seleccionado, podemos reconocer en el catálogo distintos tipos de volúmenes.

En primer lugar, están las reediciones de una obra determinada. Esta práctica editorial implica la instrumentalización de un conjunto de operaciones críticas: la selección de un autor consagrado en un campo intelectual y literario nacional; la elección de una obra representativa de ese autor; la recolocación de la obra en el plano continental a través de paratextos como contratapas, prólogos, notas y cronologías. En la elección de producciones literarias no hay audacias ni sorpresas. Aparecen buena parte de los nombres que habían sido difundidos por los catálogos de Losada, Sudamericana, el Fondo de Cultura Económica, es decir, los sellos que habían protagonizado el período de mayor internacionalización del mercado del libro en América Latina durante las décadas de 1940 y 1950, junto con las figuras más destacadas del boom de la narrativa latinoamericana. En cambio, el espacio que responde a los distintos géneros del ensayo político e histórico es más controversial.

En otros casos, se seleccionan dos o más obras de un autor para editarlas en un solo volumen. Aquí se pone en marcha además otra práctica editorial, que consiste en emparejar dos o más textos que, a partir de la edición del volumen para la colección, comienzan una nueva vida como una obra independiente. La integración de los textos no solo es el efecto de una decisión de formato editorial, sino que aparece reforzada por los paratextos. El primer volumen con estas características es el Nº 3 Ariel. Motivos de Proteo de José Enrique Rodó.6 En el prólogo, a cargo de Carlos Real de Azúa, se justifica esta selección subrayando las semejanzas que pueden establecerse entre ambas obras:

Un buen número de comentaristas, también, ha apuntado a la esencial continuidad temática de Ariel y el libro de 1909 [Motivos de Proteo], prolongación del primero para unos, para otros obra capital que habría tenido en Ariel algo así como su prólogo o anticipo (Rodó, 1976, p. XXXVIII).

Hay otro tipo de títulos donde la tarea del editor se hace más visible, dado que se desempeña también como compilador. Se trata de volúmenes en los que el trabajo del antologista se acrecienta en la medida en que se elabora una miscelánea de un autor, para la cual se seleccionan de los diversos libros de esa firma consagrada un conjunto de textos o, incluso, se publican piezas que no habían aparecido en libros previamente. Por ejemplo, el volumen Nº 40, Obra literaria de José Martí reúne una antología de sus poesías, la novela Lucía Jerez, algunas poesías de la obra infantil La Edad de Oro, una selección de escritos de crítica literaria y artística y una antología de su epistolario. Estos textos con diferentes filiaciones genéricas, que han sido extraídos de sus Obras Completas,7 conforman una nueva obra y cobran diferentes sentidos a partir tanto de las relaciones internas que se establecen dentro de la flamante obra, como de los nuevos contextos de lectura promovidos por la colección. En consecuencia, a pesar de ser una colección de reediciones, la BA mediante la edición de este tipo de volúmenes consigue colocar en el mercado un libro novedoso de un autor, relanzando en una escala ampliada, textos que a menudo fueron publicados en ediciones agotadas o con una circulación restringida a un ámbito nacional.

Otra variedad consiste en la compilación de producciones de varios autores. Se pueden reunir textos según diferentes criterios de semejanza: un tema, un género, una tendencia estética, etc. Este tipo de compilaciones abarca 31 títulos. Predominan las recopilaciones que reúnen fragmentos de libros, piezas oratorias, cartas, artículos periodísticos, que condensan creencias, programas y doctrinas políticas. Rama destacó la importancia de este tipo de formato editorial para “integrar el discurso cultural latinoamericano”:

Pero hay otro nivel más complejo en que se sitúa este afán de integrar el discurso cultural latinoamericano. Consiste en la presentación conjunta de vastos movimientos intelectuales o políticos que fueron vividos contemporáneamente por todos los países del continente aunque a la vez separadamente, sin percibir la conexión en que actuaban (Rama, 1981, p. 331).

Cada volumen se arma sobre un eje temático que le otorga unidad. Sobre ese eje se articulan materiales de una gran diversidad genérica provenientes de los puntos más variados del continente. Por último, el prólogo, las notas y la cronología refuerzan la unidad temática.

El primer título con estas características fue Pensamiento político de la emancipación, una antología de escritos políticos a cargo de José Luis Romero, que apareció en 1977 en dos tomos. En ella se recogen fragmentos de constituciones, proclamas políticas, discursos, actas de independencia, etc. Otros volúmenes semejantes son los siguientes: Utopismo socialista (1830-1893), con prólogo y notas de Carlos Rama (1977), con textos que unen México, Perú, Brasil y el Río de la Plata; Pensamiento conservador (1815-1898), con prólogo y notas de José Luis Romero (1978), con textos de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Centroamérica, Cuba y México; La reforma universitaria, con prólogo y notas de Dardo Cúneo (1978); Pensamiento de la Ilustración. Economía y sociedad iberoamericanas durante el siglo XVIII, con prólogo y notas de Juan Carlos Chiaramonte (1979); Pensamiento positivista latinoamericano, con prólogo y notas de Leopoldo Zea (1980); El anarquismo en América Latina, con prólogo y notas de Ángel Cappelletti (1990).

Como bien ha señalado Rama, este tipo de volúmenes busca representar las ideas políticas que más influyeron en Latinoamérica, como la Ilustración, el Socialismo Utópico decimonónico, el Anarquismo, el Reformismo universitario. Si bien procuran abarcar los procesos políticos desde una escala regional, los textos aparecen agrupados en secciones que corresponden a cada una de las naciones hispanoamericanas, como si los límites nacionales resultaran imposibles de ser traspasados. En estas antologías de textos políticos los prólogos cobran un enorme protagonismo. En algunos casos hasta logran eclipsar a los textos que presentan.

En suma, de acuerdo con las prácticas editoriales puestas en juego, el catálogo de la BA está conformado por cuatro clases de volúmenes: reediciones de una obra destacada de un autor; reediciones en un mismo volumen de más de una obra destacada de un autor; antologías de la obra de un autor que abarcan una o más obras individuales previamente publicadas en libro, junto con un conjunto de materiales, incluso algunos inéditos, que van desde cartas, diarios, cuentos, poemas, hasta notas periodísticas; antologías que incluyen piezas de varios autores, algunas inéditas, unificadas por un tema o un género.

Impulsadas por el enorme prestigio atesorado desde un primer momento por una colección editorial que supo conjugar las virtudes de la edición académica con las ventajas de la comercial, los volúmenes de la BA se impusieron casi de inmediato como obras de referencia entre el público general, pero sobre todo en el campo académico. En la escala regional, numerosos autores cobraron nueva vida gracias al amplio alcance de la BA, que eclipsó a las viejas ediciones originales, con frecuencia agotadas y a menudo con una difusión limitada al ámbito local. De esta manera, se produce un reordenamiento de la producción literaria e intelectual de los autores, cuyo título más conocido y difundido pasa a ser la reedición de la BA. Por esta razón, a medida que las prácticas editoriales se complejizan, la incidencia de la colección sobre los procesos de canonización de obras y autores es mayor.

V. La Biblioteca Ayacucho y el canon latinoamericano

En un trabajo de 1981, “La Biblioteca Ayacucho como instrumento de integración cultural latinoamericana”, Ángel Rama ensayó un balance del proyecto editorial cuando se llevaban publicados más de 80 volúmenes, en donde es posible distinguir las principales operaciones de la colección sobre el canon latinoamericano, a los ojos del crítico uruguayo. En primer lugar, destaca el criterio culturalista latinoamericano “que intenta recoger las aportaciones centrales de construcción de una cultura original que se han ido cumpliendo en el continente desde sus orígenes” (Rama, 1981, p. 332). Este criterio implica incluir no solamente materiales literarios, sino también aportes de diversos géneros como el ensayo político, la historiografía, la antropología, la estética y el folklore. De este modo, el catálogo adquiere un fuerte carácter interdisciplinario que lo distingue de las colecciones latinoamericanas anteriores.

La siguiente operación apunta a ampliar el canon hacia manifestaciones de la cultura popular, como el género gauchesco o la producción oral que han recogido los antropólogos de las comunidades indígenas o negras. En tercer lugar, sostiene Rama, la selección de títulos debe alcanzar la obra de autores extranjeros dado que la cultura latinoamericana es de por sí un producto mestizo, surgido de la expansión europea. Por esta razón, el catálogo contempla la presencia de las Cartas americanas de Alexander Von Humboldt, las novelas inglesas de W.H. Hudson y el libro de viaje del ingeniero militar francés Amédeé-François Frézier. La siguiente operación sobre el canon consiste en la integración de aquellos centros culturales que han permanecido históricamente desplazados, como la América lusófona o las Antillas anglófonas y francófonas. Esto supone prestarle especial atención a Brasil mediante la incorporación de 17 autores brasileños al catálogo, cerrando lo que a mi juicio es la operación más enérgica y definitoria sobre el canon latinoamericano de la BA. Para armar estos volúmenes, Rama se vale del asesoramiento de António Cândido, quien lo puso en contacto con sus colegas brasileños, sugirió el listado de obras, propuso los nombres de los encargados de las ediciones, sugirió los traductores y colaboró con dos prólogos, correspondientes al volumen 25, Memorias de un sargento de milicias de Manuel Antônio de Almeida y al volumen 93, Ensayos literarios de Silvio Romero.

Susana Zanetti, quien al igual que Rama tuvo una trayectoria profesional tanto en el campo académico como en el sector editorial, señala que “uno de los problemas del canon latinoamericano es que más bien se afianza débilmente, dado el carácter errático de las lecturas y relecturas” y subraya la importancia de la Biblioteca Americana del FCE y la BA en la formación de ese canon transnacional. Afirma, no obstante, que los cánones en América Latina son más bien nacionales y que “las obras que los integran se proyectan de modo fluctuante hacia ese otro canon mayor” (1998, p. 92).

En efecto, el proyecto editorial de Ángel Rama en la Biblioteca Ayacucho es el intento más ambicioso para reducir esta vacilación de obras y autores para proyectarse en el espacio latinoamericano. La apertura hacia otros géneros y otras disciplinas representa un principio constitutivo de la colección. La BA está movilizada por un afán totalizador: todos los géneros, todas las épocas, todos los países deben tener su lugar en una serie de títulos que a través de las obras reeditadas, los prólogos y las cronologías busca abarcar un conjunto de saberes para ofrecer a los lectores un conocimiento enciclopédico del espacio latinoamericano.

Referencias

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Notas

1 En la década de 1970 dictaduras militares imperaban en los siguientes países sudamericanos: Paraguay (1954-1989), Brasil (1964-1985), Perú (1968-1980), Bolivia (1971-1978), Ecuador (1972-1976), Chile (1973-1990), Uruguay (1973-1984), Argentina (1976-1983). En 1976, solo Colombia y Venezuela preservaban sus democracias en Sudamérica.
2 Es el caso del propio Rama, a quien el golpe de estado de junio de 1973 en Uruguay sorprendió en Caracas y una breve estadía laboral se transformó en un exilio de varios años.
3 Entre el 17 y el 21 de noviembre de 1975 tuvo lugar el Encuentro de Escritores e Investigadores de la Cultura Latinoamericana, que reunió a más de 40 intelectuales, críticos, investigadores y especialistas que trabajaron juntos en el diseño del plan de publicaciones de la BA. Participaron entre otros Enrique Anderson Imbert, Ernesto Sábato, Tulio Halperín Donghi, Noe Jitrik (Argentina); Fernando Alegría, Gonzalo Rojas (Chile); Rafael Gutiérrez Girardot, Juan Gustavo Cobo Borda (Colombia); Juan Bosch (República Dominicana) Benjamín Carrión (Ecuador); José Emilio Pacheco, Leopoldo Zea (México); Sergio Ramírez (Nicaragua); Rodrigo Miro (Panamá); Augusto Roa Bastos (Paraguay); Luis Alberto Sánchez y José Miguel Oviedo (Perú); Arcadio Díaz Quiñones (Puerto Rico); Ítalo López Vallecillos (El Salvador); Carlos Real de Azúa (Uruguay); Adriano González León, Pedro Grases, Juan Liscano, Domingo Miliani (Venezuela). Los invitados brasileños, Caio Prado Junior y António Cândido no asistieron al Encuentro, debido a que el gobierno brasileño negó a Prado Junior el permiso para salir del país y António Cândido en solidaridad con su colega y como forma de protesta decidió no viajar.
4 Solo para tener una dimensión de lo que significaban mil dólares en esos años, en 1977 un departamento de dos ambientes de 50 mts2 en el corredor norte de la ciudad de Buenos Aires costaba 16 mil dólares. De acuerdo con la inflación de los EE.UU. (3,25% anual en los últimos 50 años) 1 dólar de 1975 equivale a 4.95 dólares de 2020.
5 Esto es solo una estimación. Es probable que algunos títulos se hayan demorado en aparecer más de tres años.
6 Otros volúmenes destacados bajo esta modalidad son: Páginas libres. Horas de lucha de Manuel González Prada, con prólogo y notas de Luis Alberto Sánchez (1976); Los siete locos. Los lanzallamas de Roberto Arlt, con prólogo y notas de Adolfo Prieto (1978); Las democracias latinas de América. La creación de un continente de Francisco García Calderón, con prólogo de Luis Alberto Sánchez (1978), entre otros
7 Los textos han sido extraídos de las Obras Completas de José Martí (1963-1965). publicadas en La Habana en 27 volúmenes.
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