Orbis Tertius, vol. XXXI, núm. 43, e361, mayo-octubre 2026. ISSN 1851-7811Libros
Pablo Martínez Gramuglia. La forja de la opinión pública. Leer y escribir en Buenos Aires, 1800-1810, Santiago de Chile, Ariadna Ediciones, 2021 (primera reimpresión, 2024), 298 páginas
En respuesta a las reiteradas objeciones contra su libro The Printing Press as an Agent of Change –obra tan fundamental como poco leída, de tardía traducción al español–, la historiadora Elizabeth Eisenstein planteó claramente su distanciamiento de la historia del libro, disciplina con la que, en todo caso, su trabajo mantenía una relación más bien complementaria. Nociones como las de cultura impresa, estandarización tipográfica, pero sobre todo la idea nodal de una revolución de la imprenta –printing revolution– parecían chocar con arraigadas concepciones sobre la lenta transformación del universo del libro o, como se estila decir últimamente, de la lectura. El debate parecía condenado a la fatalidad de los antagonismos. Había que esperar, no obstante, la confluencia de las disciplinas.
Una de las virtudes de La forja de la opinión pública. Leer y escribir en Buenos Aires, 1800-1810, libro que fue tesis de Pablo Martínez Gramuglia, es haber incorporado una perspectiva que combina justamente los elementos tradicionales del saber letrado –retórica y poiesis– con el impacto radical que introdujo la prensa periódica. En efecto, la lectura y la escritura anunciadas en el título son prácticas, en la época –1800-1810–, atravesadas materialmente por la imprenta de tipos móviles y por la aparición en general bisemanal de papeles impresos y este es un aspecto cuya novedad –y centralidad– organiza los principales argumentos del libro.
Si hubiese que describir el tipo de estudio al que nos enfrentamos –no el objeto, sino el método– el libro de Martínez Gramuglia podría ser definido como una historiografía de las mediaciones. El libro estudia la emergencia de una nueva sensibilidad letrada –la que antecede a, y acontece con, la Revolución– a través de las publicaciones periódicas que se iniciaron con el cambio de siglo en el Virreinato del Río de la Plata, corolario del reformismo borbónico ilustrado. Una primera conclusión de ese examen es que en la breve saga de periódicos que se extiende entre la aparición en 1801 del Telégrafo Mercantil y la célebre Gaceta de Buenos Aires de 1810 es más importante el efecto de los pasajes que el resultado mismo, el proceso de construcción más que lo construido: menos los medios que las mediaciones, para decirlo con los términos de Jesús Martín-Barbero –una de las fuertes referencias teóricas implícitas–. Las mediaciones son múltiples, en este caso, e implican las relaciones entre el libro (o codex) y el periódico, entre éste y el público lector, entre la figura de autor –que empieza a delimitarse con su talante moderno, como muestra la casuística analizada mediante las escrituras de Francisco Cabello y Mesa, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, el deán Gregorio Funes, Vicente López y Planes, entre otros– y la opinión como valor legitimador. Habría que decir públicos lectores, en plural, no sólo por la diversidad social de la lectoescritura sino también por los niveles de ficcionalización que permiten esas mediaciones: públicos empíricos, deseados, proyectados, anhelados, y también por los efectos de dicha operación (la construcción de un universo de lectura posible, como un “horizonte al alcance de la mano”).
El libro se estructura en cuatro capítulos y unos apuntes en forma de breves conclusiones –más una coda final– mediante las cuales se actualizan algunas de las premisas que guiaron el análisis. El primer capítulo se ordena alrededor de los “lectores y lecturas de periódicos”, entroncando con los estudios de la historia de la edición y del libro, entre cuyos referentes locales se destaca no casualmente Graciela Batticuore, directora de tesis del autor (quien aparece, por lo demás, entre los agradecimientos y guías de este estudio). Es en este capítulo primero, entonces, donde la cuestión de las mediaciones cobra espesor historiográfico y teórico. Una cosa son los lectores postulados por los redactores, Hipólito Vieytes pongamos por caso (“el público al que él se dirigía, básicamente, no existía, pues no había en la primera década del siglo XIX (…) una población rural educada” (p. 58), y otra muy distinta los efectivamente activos, cuya ascendencia probable se configura a través de la figura del suscriptor. Allí aparece otro nivel de mediación requerida: la de los párrocos, quienes, como los puebleros en las gacetas gauchas de Luis Pérez, pueden ejercitar de mensajeros-traslaticios de los textos tan necesarios de ser aprendidos desde la mirada ilustrada de su redactor (la traslación supone, claramente, otra mediación, geográfica y social, entre ciudad y campo). Martínez Gramuglia indaga persistente en el fango difícil de las remotas experiencias de lectura y logra, con los pocos elementos que de allí se pueden rescatar, dibujar algunos posibles tipos: “lectores débiles” (artesanos, peones, jóvenes, mujeres, campesinos semialfabetos) o “lectores comunes” aparecen como categorías que se suman a la de lectores de periódicos, lectores de prestado o de ojito, tan común en la época y tan recordados y denostados por la famosa diatriba de Sarmiento: “O comprar o no leer El Zonda”.
El capítulo dos se ocupa de las “lecturas y lectores de poesía”, empezando por el célebre poema “Al Paraná” de Manuel José de Lavardén, cuyos lectores contemporáneos supieron convertir en clásico (todavía en la década de 1820 las resonancias temáticas del poema nutrían las estrofas publicadas en los periódicos), continuando con otras firmas que también evocan poéticamente al río, como las de Prego de Oliver o Panteón Rivarola (cuya poesía prescinde de la debilidad de los incultos y diseña a cambio la posibilidad de un lector común) hasta la señera figura de Vicente López y Planes, que volverá a aparecer en el siguiente capítulo, dedicado a examinar las figuras de “los letrados en la época de la prensa periódica”. En efecto, si Manuel Belgrano y su Correo de Comercio instalaron la figura del letrado patriota, si el deán Funes representa al erudito o sabio (como lo serán con mayor firmeza José Joaquín de Mora o Andrés Bello), Vicente López y Planes será el poeta, autor de El triunfo argentino (dedicado a la recuperación de la ciudad contra los ingleses en 1806 y 1807) y de la célebre Marcha patriótica.
Finalmente, el último capítulo describe la trama compleja y por momentos tautológica que va delimitando las diferentes caras de la opinión pública en Buenos Aires, como instancia de retroversión soberana, como verdad autoevidente, como valor regidor, con su vertiente unanimista, o su versión facciosa, ilustrada o plebeya, soberana o absolutista. A sabiendas quizá de que el tema, además de farragoso, tiene una amplia bibliografía acumulada, Martínez Gramuglia ha elegido colocar al final lo que el título presenta como objeto principal. Porque si bien este cuarto capítulo relee las funciones políticas de la opinión pública –y si bien lo hace, a pesar de la distancia crítica, claramente desde el modelo habermasiano, es decir confiando en su versión ilustrada o culta, más que, para decirlo con Pierre Bourdieu, empíricamente asequible)–, lo cierto es que resulta más suspicaz (y a la vez más provechoso) el modo en que Martínez Gramuglia piensa las consecuencias que el impreso periódico trajo al ámbito público –otra vez, las mediaciones– que la gama densa de nociones (soberanía, modernidad, ciudadanía) acarreadas en las discusiones alrededor de la libertad de expresión y su vínculo con el espacio público.
Si la opinión pública desde esa perspectiva debe ser pensada como corolario de la prensa periódica, es porque el libro coloca a esta última como instancia configuradora de un nuevo intercambio letrado. Este aspecto queda enunciado desde el inicio: “el cambio tecnológico clave en la circulación de los discursos públicos no es el artefacto imprenta de tipos móviles en sí, sino el dispositivo prensa periódica en el cual aquel se integra” (p. 32). Como lo señalan los propios historiadores del libro y de la edición (Stanley Morison, que no lo era, sostuvo sin embargo tempranamente que la gran invención de la imprenta fue el newspaper), las publicaciones periódicas trajeron una novedad que se instaló con toda su evidencia: los ritmos del corte y de la periodicidad. Si bien estos aspectos no ocupan un lugar central en el estudio de Martínez Gramuglia, su enfoque es suficientemente inteligente como para no perder de vista esas minucias editoriales. La lectura, y también la escritura, no podían no acusar recibo de ellas. En Inglaterra se empezaría incluso a hablar de journalism para referir las condiciones de esa nueva escritura (y lectura) y todavía en la década de 1840 recibía merodeos de intensivas plumas locales como la de Domingo Faustino Sarmiento, para quien los periódicos habían trastornado no sólo los ritmos sino también los horizontes de la producción y del consumo letrados (“por el diarismo”, escribió el autor del Facundo, “el jenio tiene por patria el mundo”). “La época de la prensa periódica” es la fórmula con que Martínez Gramuglia elige destacar esa preeminencia en un momento histórico en el que, aunque resulte paradójico, los periódicos se parecen a los libros y son más bien escasos, como escasa es su frecuencia de aparición. No obstante, la nueva tecnología –la prensa periódica–, como lo muestran los textos que la recorren, vale más por su proyección y su novedad que por su verdadero alcance.
Tanto como la tipología de lectores, cuyas huellas, sabemos, son siempre endebles y difíciles de reponer, la caracterización de las figuras de letrados se inserta previsiblemente en el diálogo de la tradición crítica abierta por Ángel Rama con La ciudad letrada. En el trabajo de Martínez Gramuglia una categoría histórica –tomada en préstamo de Reinhart Koselleck– contribuye a definir esa nueva sensibilidad de la que hablamos anteriormente y da espesor a las emergentes figuras del letrado: la de un “pasado futuro”. Los textos, los periódicos, dice Martínez Gramuglia, están atravesados de una “pulsión de futuro” (así, los poemas al río Paraná son convertidos inmediatamente en cantos precursores por lectores estrictamente contemporáneos) que los vuelve constructores de una realidad por venir. Efecto del clima revolucionario –y de la misma palabra “revolución”, cuyo significado se debate entre pasado colonial y futuro republicano como bien demuestra el libro–, que agudiza las conciencias políticas e históricas, se escribe con una “pulsión de futuro” (p. 81) que pauta, a su vez, los horizontes de lectura (como cuando José Mármol, salvando las distancias políticas e históricas, justificaba el pretérito narrativo de su novela Amalia conjeturando la mirada de lectores venideros).
El libro de Martínez Gramuglia no es un fragmento de una posible historia de la lectura; es una lectura crítica de un momento histórico –los años previos a la Revolución de Mayo– que la crítica literaria suele no visitar a excepción de hacerlo historiográficamente, es decir, teleológicamente. El libro en cambio se sumerge en el tono de la época y examina un fenómeno singular: la superficie de los primeros periódicos –los legendarios impresos de la Imprenta de los Niños Expósitos– que con su endeblez y fugacidad vinieron a trastocar el pequeño mundo conocido de antiguos latinismos; en esos periódicos escribieron la mayoría de los letrados conocidos vulgarmente como neoclásicos –los que abultaron las páginas de la Lira Argentina–, o ilustrados, y lo que muestra este estudio es el impacto que en esas escrituras generó la novedad editorial del impreso periódico. ¿Acaso el estilo de Mariano Moreno, que Paul Groussac atribuía a su formación de abogado, no se explica mejor atendiendo a su labor de publicista? ¿No es la conciencia de esos tiempos –breves, acotados, veloces y precarios– en que lo escrito comienza a circular impreso la que mejor ilumina sus citas apócrifas o sus modos de tergiversar “con libertad harto forense” los textos de otros, como indica una oportuna cita sobre el criollo jacobino (p. 249)? ¿Y no se aproxima ese estilo, sin ir más lejos, al del propio Sarmiento, a quien Ricardo Rojas llamó “tipo verbal”?
Inserto en la breve tradición de la historia de la lectura, La forja de la opinión pública elige sin embargo adentrarse en ese universo textual con las herramientas de la crítica literaria. Ello le permite, entre otras cosas, recuperar potentes enfoques como los de Donald Mackenzie o Elizabeth Eisenstein, cardinales a la hora de pensar la incidencia del dispositivo prensa periódica en la circulación y apropiación de ideas de la época. Y no olvidar, por otra parte, la distancia –por momentos insalvable– o la proximidad –en general desdeñada– entre los productos de ese dispositivo y lo que solemos llamar literatura.