Orbis Tertius, vol. XXX, núm. 42, e347, noviembre 2025 - abril 2026. ISSN 1851-7811In Memoriam
Élida Lois: el tono justo
Élida Lois: the right tone
Nos toca despedir a Élida Lois, fallecida la madrugada del 17 de agosto, y lo hacemos con profunda tristeza y un agradecimiento inmenso. La cultura argentina le deberá por siempre su edición de Martín Fierro, que queda establecido por la maestra como un poema único publicado en dos partes. Para reunir los testimonios de su escritura, Élida logró recuperar una libreta manuscrita que no podía manipularse sin que se deshaga en las manos y hoy está restaurada y expuesta en el Museo Histórico Nacional. Para analizar la elaboración de su “clave lingüística”, la investigadora desplegó un minucioso conocimiento de las hablas rurales del siglo XIX y del incipiente ambiente político-literario que le permitió encontrar el grano del conflicto: “La hegemonía lingüística que impone una cultura dominante nunca es absoluta, tiene resquicios por los que penetran –a través del mismo lenguaje– concepciones del mundo que entrañan ideas disímiles y contradictorias” (XCVI). En suma, un “schibboleth hernandiano”, como lo define a partir de un concepto elaborado por Derrida con el que Lois recorre los cambios de acentuación en varios octosílabos famosos.
Esa edición fue presentada en 2001 en la Biblioteca Nacional sin participación de autoridades gubernamentales, cuando la maestra era aún titular de Filología Hispánica en nuestra Facultad, una materia que transformó con su presencia. Lo que tradicionalmente se había limitado a un curso de fonología y gramática histórica se convirtió en el punto de convergencia entre los estudios lingüísticos y literarios, tal como ella misma lo formuló desde el primer programa en 1997: “Ambigüedad del término ‘filología’: filología y crítica textual, filología e interpretación de textos, filología y lingüística histórica”. A partir de esa concepción es que Lois se integró en el Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, aunque la materia pertenecía al área de Lingüística que nunca descuidó.
Tuve la dicha de conocerla en 1994 junto a Ana María Barrenechea en un seminario de crítica genética dictado en el Instituto de Filología de la UBA, donde Élida acababa de introducir la novedad de esa corriente francesa con la coordinación de un número monográfico de la revista Filología. Por ese entonces yo comenzaba a trabajar con los manuscritos de Manuel Puig (Élida siempre elogió la letra de Manuel, especialmente en contraste con el electrocardiograma que parecía la manuscrita de Alberdi), y aunque no sería su alumna ella se convirtió en mi maestra. Recuerdo el cariño y atención que le dedicó a mis lecturas, su elogio de los peritextos que iba detectando, el entusiasmo que le provocaba la posibilidad de hacer accesible ese archivo. Su apoyo fue fundamental para la escritura de mi tesis, entregada el año siguiente de la publicación de su Génesis de escritura y estudios culturales (2001), en el que lamentó que no se comentase, por contemporánea a su preparación, la publicación de Materiales iniciales para La traición de Rita Hayworth. El vínculo con la Facultad de Humanidades de la UNLP fue vital y no se interrumpió cuando en 2002 dejó la materia para dirigir el Centro de Investigaciones Filológicas de la UNSAM, pero principalmente para hacerse cargo del Archivo de Juan Bautista Alberdi. Muy comprometida con las instituciones de la democracia y especialmente con las Universidades Públicas, Élida tenía en la cabeza el mapa de las cátedras de Literatura Argentina que se dictaban en todo el país, y ese era un tema obligado en las charlas que tuve con ella hasta antes de la pandemia, por teléfono y en su casa. Cuando dejó la cátedra sugirió el nombre de Angelita Martínez, especialista en cambio lingüístico, para continuar con una visión dinámica de la lengua. Como evidenció en su edición de Martín Fierro, que se separa de otras ediciones críticas porque “no se interviene para regularizar la variación lingüística, sino que se la reproduce y se la convierte en objeto de análisis” (CIV) siempre tuvo interés en lo que está vivo en las lenguas, en la oralidad y en la escritura. Cuando ingresé a Filología Hispánica como profesora Adjunta, Élida me invitó a codirigir a Celina Ortale, ayudante de la cátedra, en su beca doctoral, y me instó a apoyarla en su trayecto. Cuando Angelita Martínez asumió otras responsabilidades en la carrera, Élida celebró la incorporación de Juan Ennis que sí había sido alumno suyo y cuyas participaciones recordaba. Fue Juan quien sugirió que nuestro Las lenguas del archivo. Filologías para el siglo XXI, de ediciones de la FaHCE, 2021, llevase por dedicatoria: A Élida Lois, por supuesto.
Investigadora principal de CONICET y elegida en 2016 para ocupar un sillón en la Academia Argentina de Letras, donde asumió con un discurso sobre Las reescrituras del yo en los borradores del último Alberdi que no podía prever las derivas de las apropiaciones que vendrían, Élida Lois imprimió un giro sudamericano a las teorías elaboradas en países centrales. Cada una de sus ediciones genéticas y crítico-genéticas es un seminario sobre lo que es posible hacer, sobre cómo es posible ejercer lecturas responsables y creativas. Nos enseñó a pensar trabajando y a trabajar pensando de manera situada; eso excede el campo de la Filología, pero es desde esa philía que la tenemos presente, es la que nos lleva a los varios porvenires (no a todos) a los que se dirige su legado.