Orbis Tertius, vol. XXX, núm. 42, e344, noviembre 2025 - abril 2026. ISSN 1851-7811Libros
Mariana Rosetti, Letrados de la independencia. Polémicas y discursos formadores. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CLACSO, 2023, 325 páginas
El libro Letrados de la independencia. Polémicas y discursos formadores de Mariana Rosetti constituye una intervención crítica de gran relevancia dentro del campo de los estudios sobre la cultura letrada en el proceso de las independencias hispanoamericanas. A partir de un exhaustivo trabajo interdisciplinario, la autora revisa la figura del letrado criollo en el período de crisis monárquica y emancipación, desplazando las categorías tradicionales y proponiendo la noción de un “letrado criollo crítico” como clave de lectura. El texto no solo analiza las producciones de Servando Teresa de Mier y José Joaquín Fernández de Lizardi, sino que también dialoga con un corpus amplio de estudios historiográficos, literarios y culturales, mostrando cómo los discursos formadores –históricos, periodísticos, literarios y religiosos– se articularon en la conformación de un espacio público incipiente y heterogéneo.
Desde las primeras páginas Rosetti plantea que su objetivo no es fijar definiciones rígidas de la labor letrada, sino observar los despliegues discursivos que operaron en la coyuntura independentista. La noción de despliegue permite pensar la escritura de Mier y Lizardi en su carácter múltiple: satírico, apologético, utópico, picaresco, polémico. Estos géneros, al ser apropiados y transformados, constituyen verdaderas estrategias de intervención política y cultural que exceden lo meramente literario. En el caso de Mier, la manipulación del mito guadalupano y sus polémicas epistolares son ejemplos claros de este tipo de estrategias, mientras que en Lizardi la sátira picaresca y el tono llano de sus periódicos dan cuenta de una voluntad de llegar a sectores populares.
Un aspecto clave de estas estrategias es el juego con los límites de la escritura letrada impuestos por la censura inquisitorial y virreinal. Rosetti muestra cómo la censura, el exilio y el confinamiento no clausuran la voz de los letrados, sino que la reconfiguran en formas discursivas híbridas. Así, el uso de la sátira, la ironía o la ventriloquía cultural (la apropiación de voces ajenas para decir lo propio) funciona como táctica de resistencia. Estas operaciones revelan, tanto en Mier como en Lizardi, lo que la autora denomina un locus de enunciación ambiguo, a la vez condicionado por las instituciones coloniales y abierto a los nuevos espacios de sociabilización que ampliaban la comunidad de interlocutores.
La reseña del estado de la crítica, señalada en varios pasajes, es fundamental para comprender el posicionamiento de Rosetti. Las historias de la literatura latinoamericana del siglo XX tendieron a subrayar la dependencia cultural de las producciones criollas respecto a las peninsulares, insistiendo en la imitación o el trasplante de modelos europeos. Autores como Enrique Anderson Imbert, Jean Franco o Íñigo Madrigal privilegiaron la idea de una “imaginación colonizada”, invisibilizando la capacidad creativa y autónoma de los letrados americanos. Frente a esta perspectiva, los ejemplos de Mier y Lizardi resultan emblemáticos. El primero, con sus traducciones, disputas con Blanco White y reapropiaciones de textos europeos, y el segundo, con su capacidad de transformar la picaresca en vehículo de crítica local, muestran cómo el criollismo no debe leerse como una mera copia, sino como un espacio de apropiación crítica. Rosetti discute así la tradición dependencista y la complementa con aportes de estudios más recientes (Guerra, Rojas, Lempérière), que destacan la importancia de la opinión pública emergente en la apertura de nuevos espacios discursivos. El énfasis en la “libertad de tono” o en la “retórica panfletaria” permite sostener que la cultura letrada de la independencia no fue remedo débil de la tradición española, sino un campo de apropiaciones estratégicas, visible en las modulaciones de Mier y Lizardi.
La noción de “letrado criollo crítico” emerge como categoría superadora frente a las tipologías anteriores: el letrado colonial (Halperín Donghi), el publicista (Palti), el panfletista (Rojas), el predicador cáustico (Palazón Mayoral), entre otros. Para Rosetti, estas definiciones resultan útiles pero insuficientes, ya que tienden a fijar roles homogéneos y desatienden la multiplicidad de registros con los que los escritores intervinieron en el espacio público.
En este sentido, tanto Mier como Lizardi encarnan esta figura crítica. El primero, desde el exilio y las polémicas internacionales, plantea una voz que se sitúa a medio camino entre la teología y la política, reconfigurando el criollismo guadalupano como proyecto cívico. El segundo, en la arena periodística local, construye su posición crítica desde la sátira y la pedagogía popular. Ambos muestran cómo el letrado criollo crítico se ubica en un punto intermedio: hereda el lugar burocrático y elitista de la ciudad letrada colonial, pero también adopta las formas polémicas y populares que circulaban en la opinión pública revolucionaria.
Otro eje de la obra es el estudio de los “discursos formadores” entendidos como expresiones públicas de carácter pedagógico-moral que los letrados criollos difundieron a través de la prensa, los sermones, las proclamas o la narrativa. Estos discursos buscaban moldear un nuevo tipo de ciudadano, trasladando los esquemas de obediencia y jerarquía propios del Antiguo Régimen hacia un horizonte de autonomía republicana.
Aquí, Mier y Lizardi representan dos modelos paradigmáticos: el primero, con su Historia de la revolución de la Nueva España, articula un relato histórico que educa a los lectores en la conciencia americana; el segundo, con El Periquillo Sarniento y sus periódicos, apela a la fábula y la narración ejemplar para transmitir valores republicanos. Rosetti enfatiza cómo estos letrados utilizaron recursos tradicionales –catecismos, fábulas, narraciones ejemplares– para introducir contenidos políticos novedosos. En este sentido, la estrategia pedagógica es doble: enseñar conceptos modernos bajo formas reconocibles y, al mismo tiempo, disputar la hegemonía simbólica de la monarquía. La libertad de imprenta de 1810 y la proliferación de periódicos y panfletos son, para la autora, momentos clave en la expansión de estas nuevas pedagogías públicas.
Rosetti dedica un análisis particular a la relación entre la ciudad letrada y el criollismo. Si Ángel Rama había concebido la ciudad letrada como el espacio burocrático-cultural de los letrados coloniales, homogéneo y protector, la autora cuestiona esta identificación directa. Para ella, el período independentista produce fisuras en la ciudad letrada, donde emergen voces que no buscan únicamente reconocimiento en la lógica burocrática, sino que exploran un diálogo con los sectores populares y con tradiciones culturales diversas.
En este punto, los textos de Mier y Lizardi resultan cruciales: ambos ponen en evidencia la tensión entre el criollo heredero de la conquista y el criollo aliado de los oprimidos. Mier reivindica un pasado indígena como parte de la identidad americana, mientras que Lizardi oscila entre el moralismo y la identificación con figuras marginales como el lépero. Este doble registro permite a Rosetti mostrar la ambigüedad estratégica del discurso criollo en el proceso de emancipación.
El aporte central de Letrados de la independencia radica en visibilizar la complejidad discursiva de un período frecuentemente reducido a lecturas teleológicas o nacionalistas. Frente a la tentación de ver en los letrados a los “protonacionalistas” que preparaban la independencia, Rosetti propone analizarlos como actores ambiguos, atravesados por contradicciones, que construyen sus intervenciones a partir de estrategias retóricas, apropiaciones y desplazamientos. En este panorama, Mier y Lizardi se convierten en figuras ejemplares, no por representar un promedio, sino por su excepcionalidad, que permite iluminar las tensiones del campo letrado.
La autora se inscribe en un posicionamiento crítico que evita tanto la exaltación heroica como la desvalorización imitativa. Su mirada, atenta a los matices y a los cruces interdisciplinarios, ofrece una herramienta valiosa para repensar el valor de las intervenciones en relación con los nuevos espacios de sociabilización y la naciente opinión pública. Lejos de atribuirles una idea prefigurada de la identidad americana, Rosetti muestra con detalle los itinerarios dificultosos y complejos que los letrados de la independencia recorrieron y que se transformaron en la identidad de los americanos de las antiguas colonias. La relación tensa entre criollos y españoles, las relaciones de poder entre las castas y la reivindicación final de los criollos como herederos de los conquistadores y los caciques, son identificadas como estrategias de unificación que estos letrados criollos pusieron en juego en momentos donde solo había duda e incertidumbre.
En suma, el libro de Mariana Rosetti constituye un aporte fundamental al estudio de la labor letrada durante el período independentista hispanoamericano al colocar en el centro la categoría de letrado criollo crítico. La autora devela la forma en que estos letrados desplegaron estrategias retóricas que abrevaron en la sátira, la polémica y en los géneros pedagógicos para configurar un espacio de intervención política en tiempos de crisis social, política e identitaria. El diálogo con la tradición crítica, la revisión de conceptos como “ciudad letrada” o “criollismo”, y la atención a la materialidad de los discursos formadores hacen de este libro una lectura indispensable para quienes buscan comprender la trama intelectual de la independencia.
María José Schamun