Orbis Tertius, vol. XXX, núm. 42, e342, noviembre 2025 - abril 2026. ISSN 1851-7811Libros
Guadalupe Maradei y María Celia Vázquez (coords.), Encuesta a la crítica literaria argentina. Tomo I. Villa María, Eduvim, 2024, Poliedros, 258 páginas
En el verano del 2023 Guadalupe Maradei y María Celia Vázquez firman el prólogo de este libro de apretadas líneas, de nombres reunidos, de diversidades del presente y que es apenas la primera parte de un conjunto que acaso rondará más de un centenar de voces1. La sola mención parece extraña, un poco intempestiva en el contexto histórico de su aparición: son, somos, decenas de críticas y críticos literarios argentinos. En esta nación en la cual se reencarnan hoy mismo, como una farsa negra, los fantasmas de la ultra derecha de Occidente bajo formas nuevas aunque de origen rancio; aquí donde confluyen un neofascismo de mercado en un tecno-capitalismo pero desplegado en una sociedad periférica y hondamente desigual; aquí donde una política reaccionaria se conjura de nuevo para limitar, ahogar, perseguir, ignorar y combatir la tarea de las universidades, los organismos de investigación, los espacios de la memoria, las instituciones culturales en los cuales pueda, sobre todo, reconocerse una oposición al modelo imperante –ese modelo de profunda reconcentración de la riqueza en minorías de poder–, todo ello aunado al negacionismo, las políticas represivas y sobre todo un constante ataque y vaciamiento de las instituciones de la democracia misma: en esta nación, en este contexto sociohistórico, ahora mismo ¿qué significa ser críticas o críticos literarios argentinos? Un día frío de otoño, saliendo del Instituto de Literatura Hispanoamericana, en la calle semivacía ya, en el bajo, casi a los noventa años, febril de atención como solía estar siempre, después de haber comentado cada uno de los textos de crítica literaria de una jornada de investigación agotadora, Noé Jitrik nos miró como alguien que se arrepiente y nos tomó del brazo y nos dijo: “¿Por qué estamos haciendo esto? ¿A quién le importa?”. Y sin embargo todavía estamos aquí.
Venimos a reconocernos en el espejo de este libro, cuyas compiladoras declaran que estaban más interesadas en el autorretrato que en una objetiva descripción del campo. En esa primera página hallo –es mi deformación profesional– un campo semántico del trastorno. Arrecian vocablos como “fracaso”, “amenaza”, “derrumbe”. Pero también el otro polo: la persistencia del deseo, la transformación, la resistencia. Es en este libro en el cual el propio Noé Jitrik nombró hallazgos de la crítica literaria en condiciones de adversidad, coacción y peligro: los formalistas rusos propiciaron nuevas formas de la crítica bajo el absolutismo zarista; Bajtin pensaba y escribía durante el estalinismo; en la Argentina de la dictadura de 1966 surgieron fuertes cuestionamientos de los modos tradicionales de hacer crítica. Agreguemos solo el ejemplo de la revista Punto de vista, dirigida por Beatriz Sarlo, que renovaría por completo la crítica literaria en los años ochenta. Fue una universidad paralela y secreta para muchos de nosotros, y publicó sus primeros diecinueve números durante varios años de la sangrienta dictadura que comenzó en 1976, con un origen semiclandestino desde marzo de 1978. Es entonces en esta dialéctica entre amenaza y resistencia, entre derrumbe y deseo, que la crítica literaria puede ofrecerse como una de las formas de autoconciencia social de la literatura, incluso, o sobre todo, en circunstancias opresivas. Esa autoconciencia es un hecho de lenguaje. Significa entonces que este volumen y el que viene son una declaración y un encono, un testimonio afirmativo de presencia incluso cuando numerosas respuestas ponen en duda la condición misma de ser críticas y críticos literarios. Me imagino una improbable encuesta a la medicina argentina o al boxeo argentino en la cual se les preguntara a médicos o boxeadores si realmente se consideran como tales. Nada cuesta imaginar que todas las respuestas serían la misma: sí. En cambio, en este libro hay una proporción dramática de relativismos: no me considero una crítica literaria pero tampoco soy algo muy diferente de una crítica literaria; no lo pensé con detenimiento porque tengo fobia a las identificaciones; no estoy seguro; lo soy pero no es mi vocación; se dice de mí que lo soy; decir “soy crítico literario” supone una pertenencia problemática; en parte sí, soy crítico por fatalidad y escepticismo; me cuesta considerarme crítica literaria; esa expresión se presta a confusión. Es tan dudoso el término que cuando un crítico literario rosarino dice sencillamente “sí” parece una de sus ironías, mientras otro confiesa lo evidente: semejante afirmación puede parecer una impostura. Porque la crítica literaria, ni siquiera afirmándose como tal, puede escapar a aquello que abunda en todas estas declaraciones: la incesancia del detalle, la pululación de lo especulativo, el afán de hallar las redes, las capas, las napas, los estratos, las saliencias, los vértices, la multiplicidad, junto a un voluntarismo de la desconfianza, al gesto de la sospecha, a la lectura invertida, a una especie de fascinación relativista ante la seducción del texto. Esta abundancia de la minucia y el pormenor tendrían su contracara culposa: nunca parece posible alcanzar el despliegue de la literatura. La crítica es la perseguidora, la detective, la insuficiente voyeuse; la crítica simula o compensa en el detalle y su afán de estudio o de saber hermenéutico, filológico, cultural o histórico, su condena supina a la homogeneidad y a la generalidad. Y este es el sitio en el cual la crítica literaria se piensa como un oxímoron y que se ha presentado como un problema a resolver en numerosas polémicas: “el problema –como escribió Walter Benjamin– de la criticabilidad de las obras de arte”. ¿Es posible una crítica que sea literaria? ¿Cómo es posible que la literatura (se habla incluso de la fuerza, de los poderes de la literatura), cuando se manifiesta en lo que tiene de singular, como una irrupción o una novedad, o bien como una experiencia irreductible manifiesta en la vida de la lectura y en la sociedad donde circula, cómo es posible que sus miríadas de sentidos, sus breves coagulaciones, sus reverberaciones, sus memorias de un día, puedan cernirse, fijarse, descifrarse, describirse, entenderse, discriminarse, explicarse, glosarse, analizarse en el discurso discreto de la crítica? ¿Literatura y crítica literaria van a converger, como decía Foucault acerca de la “gran extranjera”, solo “en el infinito, por el lado en que la obra literaria es apenas visible en su lejanía?”. Este es uno de los puntos más agudos y reiterados de todas las declaraciones de este volumen y que también fueron alentados por las preguntas mismas: la tensión nunca resuelta entre lo particular y lo general, que adopta una de sus manifestaciones en el vínculo entre la institución y la práctica: el trabajo de la crítica literaria o, mejor dicho, la crítica literaria como trabajo remunerado, como profesión. En la mayoría de los casos es posible hallar la tarea de la crítica literaria unida e incluso justificada en la conformación de un sistema científico-tecnológico; o bien unida al desarrollo de la investigación en el ámbito universitario junto a la tarea pedagógica, la docencia. Este carácter rediseñó incluso la vida entera de las críticas y los críticos hasta conformarla como forma de vida, sociabilidad, juridicidad, funcionalidad. La pregunta por la función social de la crítica literaria, su aspiración a ser histórica, a ser política, a ser parte de un activismo cultural, de una intervención en el espacio público, a influir y participar de los debates y luchas sociales, a discutir el mercado, a polemizar, a rescatar y a justificar, a redescubrir en los textos todas las orientaciones acuciantes que atraviesan nuestro tiempo —por ejemplo los feminismos, el neocolonialismo, el extractivismo, el ecologismo, la multiculturalidad—: dicha aspiración estaría vinculada a la condición de la crítica literaria como trabajo o como una profesión que pueda ser “socialmente significativa”. Como no puede ser de otra manera para alguna crítica literaria, esto tampoco brinda alguna certeza moral: “como me dijo una colega y amiga –leemos aquí– no me cuento entre quienes necesitan que su trabajo docente, filológico, crítico o teórico demuestre, aclare y declare todo el tiempo que ‘estoy del lado del bien’”. Toda la deriva de la crítica literaria como resultado de la pedagogía y la enseñanza sería parte de la modalidad profesional y laboral y es un modo de saldar la singularidad de la literatura en lo colectivo, en el grupo social y en las solidaridades que activa —las referencias a las amistades, a las maestras y maestros, a las alianzas y vínculos. Trabajar en el plano de la enseñanza sería también una intervención decisiva. Incluso hay quien no se piensa crítico literario para no ser tributario de su vinculación con la verdad y el juicio, sino se considera “profesor”. Y hay, en cambio, quienes apenas se resignan o incluso deploran ese empleo. O bien hay quienes practican la crítica literaria en el periodismo cultural como un desvío posible, una disposición más abierta y a la vez menos específica, situada entre mercado y didactismo, entre gusto y canon, entre novedad y legibilidad. Jorge Panesi observa que muchas veces el pasaje del claustro minoritario a la cultura mediática es otro modo de atravesar el puente irresistible de la cuestión política y, además, otro modo de relación con la historia, que caracterizaría la crítica contemporánea. La aparición de las redes sociales introduce novedades en este aspecto que aún deben ser pensadas y no parecen dominantes en la autopercepción de la crítica literaria argentina, al menos en este volumen. El vínculo entre crítica literaria e institución supone también, en la otra cara, el conflicto, la disputa por poderes, carreras, beneficios, privilegios, posiciones y jerarquías que la institución promueve para legitimar y promover su propio funcionamiento. Esa conflictividad es acaso aquello que está presente en el envés de las declaraciones por las cuales la crítica literaria más cabal sería una resistencia al emplazamiento institucional, al academicismo, sobre todo dentro de las instituciones. Por ello la situación de la crítica literaria en un sistema científico-tecnológico nos obliga a la vez al malestar y a la autodefensa y una vez más se repite el carácter ambiguo de nuestras confesiones personales.
Y allí es donde el espíritu de contradicción que nos anima se despliega de nuevo y pasamos a la afirmación de lo literario de la crítica: afirmamos que la crítica literaria es literatura, lo que hacemos es escribir y como escritoras y escritores constituimos, conformamos, confirmamos el sentido continuamente mutable y calidoscópico de ese objeto borroso que es la obra literaria mientras formamos parte de su dominio. Y, en consecuencia, la crítica remonta en sí misma la literatura. No interpreta, sino dice lo no dicho; no generaliza, no identifica, recupera lo olvidado, la ruina; inquieta, desubjetiva, extraña, incomoda; busca el vértigo en lugar de la fijeza. La crítica, dice Raúl Antelo, es siempre negatividad. Por lo tanto aparece el otro polo del oxímoron: si la crítica es literatura tiene que hallar su forma, tiene que escribirse, tornarse escritura. Así el ensayo es su espacio privilegiado. La crítica literaria se conforma en el ensayo y retiene para sí todos los encantos de la singularidad, todas las creencias del lector común, toda la pasión del cuerpo mismo al reconocer la lengua como vida material, todas las maneras de lo afectivo. Estas son las zonas de la confesión en este libro, allí donde los autorretratos se vuelven autobiografía y donde para mí se vuelven aún más interesantes: es el deseo implícito en el hiato del oxímoron, el ser literario de la crítica. Así se busca eludir la koiné de la crítica, se reprimen sus fealdades, se busca su gracia, su tersura, su elegancia diáfana, su contundencia, sus epifanías, su playa sola. Escribir, escribir, escribir. Ejercicio amoroso, amatorio, amateur. El filólogo se vuelve literalmente un amante de la palabra. Y aquí evoco una vez más a Roland Barthes con su otro oxímoron, la idea de conformar una mathesis singularis, un saber de la singularidad, de hallar en la literatura la posibilidad de que la lengua fuera descarriada de sus atributos de poder y manifieste lo único y lo alterno, la dispersión de una energía donde un sistema se pulverizara en un halo de iridiscencias individuales. Lo autobiográfico de la crítica reside en esa red humoral, corporal, no unida solo a lo que me gusta, sino a lo que amo. E incluso a su reverso, a lo que odio. Y ese atajo es incluso aquel que proponía Edward Said para transformar la rutina profesional en algo más vivo y radicalizado: “el intelectual –escribió– debería ser hoy un amateur”. Y esto es lo que se desea, porque allí surge el propio deseo de escritura en muchas declaraciones de este libro, desde la vindicación del ensayo hasta la escucha extraña del texto crítico.
Pero desde la singularidad quiero retornar ahora lo dicho al comienzo, volver a lo comunitario, al pasaje de lo individual a lo colectivo: este volumen, este conjunto, esta rara sociedad de pares conjurados por María Celia Vázquez y Guadalupe Maradei es la continuidad de una tradición. El otro atributo, el tercero, es que la crítica literaria sea argentina. La literatura argentina nace como tal con su propia crítica literaria y es acaso, por esa connivencia, por esa convivencia, el país latinoamericano que posee la mayor y más variada tradición crítica. Este es el país cuya literatura de apenas dos siglos desde la conformación de su carácter nacional cuenta con varias Historias que la conformaron como tal y todavía se siguen escribiendo, desde la de Ricardo Rojas que concibe una literatura nacional hasta la Historia crítica de la literatura argentina y la Historia feminista de la literatura argentina, pasando por todas las otras, parciales o totales, que conocemos bien. La literatura argentina tuvo desde su origen mismo su crítico literario, su Juan María Gutiérrez. Y es fascinante comprobar que este padre de una tarea equívoca y ambivalente sea también el hacedor de un malentendido fundacional. La crítica literaria argentina como malentendido, como invención, como atribución errónea. Yo sé que lo sabemos pero no quiero dejar de repetirlo. Somos las y los descendientes de ese tipo, Juan María Gutiérrez, que se dio cuenta de inmediato que el Facundo de Sarmiento sería un clásico, que escribió en el diario El Mercurio que era un libro tan imprescindible que no se podía analizar, que “era preciso copiarlo todo: que era preciso bien leerlo, desde su picante e ingenioso prólogo hasta los últimos renglones de su postrera página” y tiempo después, en una carta a Juan Bautista Alberdi, le dice que se arrepiente, que lo que dijo no era cierto, que de hecho no había leído el libro: “Lo que dije sobre el Facundo no lo siento, escribí antes de leer el libro: estoy convencido de que hará mal efecto en la República Argentina, y que todo hombre sensato verá en él una caricatura”. De ese ancestro descendemos, de esa incongruencia, de ese malentendido y de esa ambigüedad. Porque Gutiérrez tiene razón las dos veces: al Facundo hay que repetirlo palabra por palabra y hay que reinventarlo y ya existe incluso sin haberlo leído y también la dicotomía civilización o barbarie iba a condicionar dramáticamente toda la historia argentina.
Pero quiero también rescatar una palabra que Analía Gerbaudo nombra en su epílogo: generosidad. Hay en este libro innumerables muestras de generosidad, comenzando por la ardua tarea de sus compiladoras, María Celia y Guadalupe y una editorial universitaria, EDUVIM: la generosidad se manifiesta como donación, como reconocimiento, como humildad, como solidaridad, como benevolencia, incluso como ética. Este libro, y en el libro mismo, se reconoce una manifestación de la ética de la crítica literaria argentina. Podemos autocelebrarnos ¿por qué no? ahora mismo y agradecer. Agradecer la resistencia y la insistencia y la persistencia del deseo en un contexto hostil.
Pero quiero aprovechar estas páginas hospitalarias para hacer una advertencia, dejarles algo para pensar, para unir lo útil a lo agradable. La advertencia que leí en el libro de un renombrado crítico literario inglés, marxista, discípulo de Raymond Williams: el profesor Terry Eagleton, un hombre sensato y comprometido, de unos ochenta años. Dice así:
Los críticos académicos vivimos en un permanente estado de terror, temiendo el día en que algún funcionario menor de una oficina estatal, repasando perezosamente un documento, se tropiece con la embarazosa evidencia de que en realidad se nos paga por leer poemas y novelas. Esto resultaría tan escandaloso como recibir un salario por tomar sol o por tener relaciones sexuales. Pero no se trata solo de que se nos pague por leer libros. Lo inaudito es que se nos paga por leer libros sobre personas que nunca han existido o sobre hechos que nunca han tenido lugar. En la vida común, a hablar de gente imaginaria como si fuese real se le denomina psicosis; en las universidades, se llama crítica literaria.
Piénsenlo.
Jorge Monteleone
Notas