Orbis Tertius, vol. XXX, núm. 42, e337, noviembre 2025 - abril 2026. ISSN 1851-7811Artículos
Elogio de Ameghino, el libro del biógrafo viajero Leopoldo Lugones
Resumen: El artículo presenta un análisis de Elogio de Ameghino, libro publicado en 1915 por Leopoldo Lugones bajo protesta contra la ley de propiedad intelectual en Argentina. El objetivo es indagar en la producción escrituraria del autor durante su segunda estadía europea entre 1911 y 1914 y en las incidencias que esta tuvo sobre sus derivas estéticas e intelectuales por aquellos años. En los papeles inéditos del viajero –catálogos, guías de viaje Baedeker, tarjetas personales, hojas sueltas– que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Maestros (BNM) y que aún no han recibido particular atención de la crítica, se hace posible leer el viaje que el autor no escribió bajo formas estandarizadas, sobre todo, las operaciones que dicho material suscita en su rol como biógrafo de Ameghino y en la construcción de su imagen de escritor profesional moderno en Elogio.
Palabras clave: Biografía, Imagen de autor, Papeles inéditos, Leopoldo Lugones.
Elogio de Ameghino, the book of the traveling biographer Leopoldo Lugones
Abstract: This article offers an analysis of Elogio de Ameghino, a book published in 1915 by Leopoldo Lugones as a protest against Argentina’s intellectual property law. Its purpose is to investigate the author's writing production during his second European sojourn between 1911 and 1914, as well as the impact this period exerted on his aesthetic and intellectual trajectories. The traveler’s unpublished papers –catalogues, Baedeker travel guides, personal cards, loose sheets– preserved at the Biblioteca Nacional de Maestros (BNM), and which have yet to receive specific attention from critics, where we can read the journey that Lugones did not narrate through standardized forms, and, more importantly, the operations this journey triggered in his role as Ameghino’s biographer and in the construction of his image as a modern professional writer in Elogio.
Keywords: Biography, Authorial Image, Unpublished papers, Leopoldo Lugones.
La práctica de lectura de Sarmiento, mejor dicho, la dramatización que hace de esa práctica en Mi defensa y Recuerdos de Provincia,
manifiestamente toma en cuenta la contaminación entre vida y texto y la utiliza para su provecho.
Sylvia Molloy (1996, p. 48)
Tsuguharu Foujit tiene veintisiete años cuando se embarca en el Mishimaru. Su meta es París. Aún no sabe que esa ciudad te puede
hacer de nuevo. O quizá lo sabe y eso busca.
María Gainza (2023, p. 55)
Entre 1911 y 1914, Leopoldo Lugones residió en la ciudad de París junto a su familia. A diferencia de su primer viaje a Europa realizado en 1906 como Inspector General de Enseñanza, en esta oportunidad no ocupó ningún cargo público. Durante este período, Lugones exploró y consolidó nuevos roles y prácticas de escritor, en su aspiración por impulsar el reconocimiento y la jerarquización de su profesión. Así se convirtió en fundador, promotor y director de la Revue Sud-Américaine, en biógrafo por encargo de Ameghino, en corresponsal para La Nación y en conferencista especializado.
Los libros producidos durante este período –El libro fiel (1912) y Elogio de Ameghino (1915)–, leídos en contigüidad con los papeles personales del viaje que se pueden encontrar salvaguardados en la Biblioteca Nacional de Maestros, permiten reconstruir un modelo de experiencia y percepción en un territorio ajeno. Asimismo, muestran cómo el movimiento recorrido se convierte en operación crítica de escritura.
En el catálogo del Museo del Louvre conservado en su biblioteca personal, se encuentran registradas las anotaciones de Lugones sobre las obras contempladas durante su visita al museo. Entre ellas, otorga un lugar destacado a Retrato de un hombre de Tiziano, que suscita en él un marcado interés. Los comentarios en ese catálogo, impreso en 1911, no sólo documentan el itinerario de su recorrido, sino también modos de observación y valoración que orientan su experiencia estética: qué se mira, cómo se observa, qué lo deslumbra. La abundancia de adjetivos empleados evidencia una mirada singular, que desde la subjetividad del visitante Lugones, se proyecta sobre el registro escrito.
En el capítulo V del libro Mi padre (1949), Leopoldo Lugones (hijo) narra la experiencia familiar de vivir en París entre 1911 y 1914. Polo describe la capital francesa como un gran museo. La casa familiar, el museo nacional y la ciudad misma se presentan como espacios de observación y admiración. Según su relato, existen dos maneras de recorrer ese “gran museo”: la del inculto paseante, que apenas mira un cuadro y ya piensa en el paseo del día siguiente, y la de su padre, la manera de Lugones. Escribe su hijo:
Deteníase Lugones, ante una tela. Elegía el punto de donde mejor se miraba, conversando todo esto. Yo escuchaba. Rara veces encartuchaba la mano para tomar mejor la luz, actitud que suele ser muy de principiante o de quién gusta darse por sabihondo y anda recogiendo los dedos para ver lo que fuese, como esos que se aprenden un rasgo a la moda, un ademán, y los prodigan sin ton ni son. Colocado donde convenía mejor, principaba el escrutinio del lienzo, generalmente por el realce, como se dice en castellano a la parte iluminada, donde más activa y directamente tocan los rayos luminosos, lo cual es de una exactitud grandísima. (…) Nunca vi a mi padre recorrer salas y salas de museos sin detenerse en ninguna, como hacen estos piratas de lo agraciado que se llaman turistas (1949, pp.138-139).
La escritura de Lugones en el catálogo del Louvre –y también en los del Museo Gustave Moreau, la Galería Nacional Británica, o el Museo Nacional de Arte y Diseño de Suecia– es una escritura de los márgenes. Los pocos espacios en blanco que dejan esas descripciones meticulosas se llenan de palabras, sobre todo de adjetivos calificativos. Cuando quiere extenderse más, ya sea en reflexiones que requieren verbos o un manejo complejo de los signos de puntuación, utiliza el comienzo de los textos, las sangrías extensas o los frontispicios de los libros. Aprovecha el blanco que tiene a mano. Escribe en lápiz negro y en letra cursiva, distinta de la que aparece en su correspondencia personal; más redondeada, levemente inclinada y a veces poco clara o difusa. Son apuntes para una lectura personal, anotaciones de viaje improvisadas y fugaces, posiblemente redactadas a pie, mientras observa obras de Tiziano, Turner o Benson. Por ejemplo, a la derecha del título Sunrise, a Castle on a Bay, señala: “la cima del arte del Turner” (1911, p. 253).
En estas anotaciones, se perciben tanto sus impresiones inmediatas como las relaciones con obras vistas en el pasado en otros museos europeos. Le Concert après le repas de Benson o Le Christ Portant Sa Croix de Richier le recuerdan piezas admiradas en el Museo Nacional Germánico de Núremberg. Conocer, para Lugones, consiste en establecer comparaciones: el azul de Turner se engrandece al confrontarlo con otros azules de la pintura europea. Ese saber mirar, destacado por su hijo, se convierte en conocimiento reflexivo que más tarde encuentra lugar en los textos escritos durante su segunda estancia europea.
Lugones no sólo escribía en los catálogos, también lo hacía en las guías Baedeker. En el ejemplar dedicado a Londres, hoy en su biblioteca personal, marcó con pequeñas cruces casas de cambio, líneas de metro, hoteles y lugares visitados.1 Estas huellas de domesticación del espacio muestran cómo Lugones registraba su experiencia a través de marcas mínimas: cruces, subrayados, anotaciones dispersas en guías de viaje, catálogos de museos y papeles dispersos. Son las marcas que deja el propio viaje no necesariamente circunscrito a las formas más usuales de la producción escrituraria de un viajero.
Estos recorridos también aparecen en el libro Elogio de Ameghino (1915), escrito durante esta segunda estancia europea. En el primer capítulo, el biógrafo relata su visita al Museo de Historia Natural de Londres, trasladando la práctica de observación del espacio museístico a la escritura biográfica.
Ameghino homenajeado
Durante su estancia en Europa, Lugones comenzó a escribir la biografía de Florentino Ameghino (Giovanni Battista Fiorino Giuseppe Ameghino, 1854-1911), naturalista, paleontólogo, antropólogo autodidacta, reconocido por sus aportes a la paleontología de mamíferos fósiles en la región pampeana y por sus hipótesis sobre el poblamiento americano. El encargo provino de Joaquín V. González en el marco del homenaje que la Sociedad Científica Argentina realizó al sabio con motivo de su fallecimiento, ocurrido el 6 de agosto de 1911. El texto se publicaría más tarde bajo el título Elogio de Ameghino.
El objetivo de esta empresa, según consta en la edición de enero-febrero de 1914 de la revista Anales de la Sociedad Científica Argentina, era difundir la figura y la obra de Ameghino mediante una campaña de propaganda en todo el país. Dicha acción se había iniciado con un folleto redactado por Juan B. Ambrosetti y Víctor Mercante, y se completaba con la biografía encomendada a Lugones. En Anales del 16 de agosto de 1911 puede leerse la convocatoria a una asamblea especial por la muerte de Ameghino, y entre 1913 y 1914 aparecen nuevas referencias al plan de homenaje. En una de ellas, se subraya que la Comisión honoraria, la Junta ejecutiva y la Comisión consultiva consideraban necesaria “la colaboración de escritores conspicuos y autorizados para el objeto” (1913, t. 75 y 76, p. 149). Así surge la participación de Lugones, aunque no fue el único convocado: se encargaron y publicaron diversos estudios sobre Ameghino en aquellos años.
En las dos primeras décadas del siglo XX, Juan B. Ambrosetti, Víctor Mercante, Ángel Gallardo, José Ingenieros, Ricardo Rojas y el propio Lugones escribieron múltiples biografías hagiográficas que contribuyeron a la construcción de un mito, lo que Irina Podgorny denomina el “mito ameghinista” (1997, p.4). El científico lujanense se erigió como un modelo de virtud moral, como la esencia de la nación, que permitió encauzar la formación de científicos y la configuración del campo de las ciencias naturales en el país. De esta manera, se puso en tensión no sólo el vínculo entre ciencia y política en la Argentina moderna, sino también estas biografías permitieron inscribir su figura en el debate por el nacionalismo cultural, relacionado con la tradición cultural y el ser nacional argentino, frente a los efectos producidos por el fenómeno inmigratorio.
La pampa en Europa
En el séptimo y último número de la Revue Sud-Américaine publica, en francés, un adelanto de lo que más tarde será Elogio de Ameghino, aparecido en abril de 1915 en Buenos Aires bajo el sello de Otero & Co. Impresores, siete meses después del regreso de Lugones al país.2 En “Protesta”, la nota aclaratoria que aparece en la primera y única edición, el autor expresa su disgusto por tener que publicar en Argentina:
Sólo la fuerza mayor de los acontecimientos que transforman el mundo, ha impedido al autor editar esta obra en Europa, como era su propósito y como lo hizo ya con El libro fiel, para sustraerla al despojo autorizado por la ley argentina de propiedad intelectual (Lugones, 1915, p. 5).
La Revue Sud-Américaine, orientada a reunir en un solo medio actualidad geopolítica, económica, científico-tecnológica y cultural (Merbilhaá, 2017, p. 53), le sirvió a Lugones como escenario para desplegar un enciclopedismo ostentoso (Carilla, 1974, p. 506).3 Esa exhibición de saberes se prolonga en Elogio. Cada capítulo, a excepción del noveno y último, está acompañado de una serie de notas que conforman una biblioteca de zoología, biología y paleontología, junto con un catálogo de museos europeos. Estas notas, situadas al final de la obra, muestran tanto una lectura atenta de los volúmenes que componen la obra de Ameghino como la verificación o refutación de sus datos o hipótesis, reforzadas por la consulta directa de fuentes y museos. Sin embargo, este despliegue contrasta con la humildad que Lugones adopta en la introducción “Dos palabras”: allí se reconoce asiduo lector y admirador de Ameghino, pero no como un especialista, sino como un mero estudiante sin prestigio científico que cuidar.
Esa construcción inicial del biógrafo se enlaza con un texto posterior, “Los libros reveladores”, publicado en 1928 en la revista Clavileño (Lugones, 1928, p. 9). Allí, Lugones narra la escena en que descubre su vocación de lector, en Ojo de Agua, pueblo fronterizo de Santiago del Estero donde pasó su infancia. Entre los restos de una biblioteca escolar encuentra unos tomos de tapas verdes con el escudo argentino dorado. El maestro le presta uno de ellos, La metamorfosis de los insectos, que lee con entusiasmo. Esa experiencia despierta en él el amor por la naturaleza y por la contemplación científica. Según su reconstrucción retrospectiva, desde entonces se convirtió en un lector con predilección por las ciencias naturales. Es ese mismo lector curioso, originado en un pueblo de provincia fronterizo, el que reaparece en el prólogo de Elogio.
En el primer capítulo del libro, el narrador recorre el Museo de Historia Natural de Londres. En el pabellón de fósiles, más allá de las esculturas de animales extintos, observa un documento singular: la lámina de un megaterio hallado en las orillas del río Luján. La nota en español le llama la atención, tanto por el idioma como por el dibujo “bastante fantástica, en la cual los huesos aparecen estilizados, como piezas de máquina o elementos de arquitectura” (1915, p. 12). Lo que para otros sería un detalle menor, Lugones lo convierte en un acto fundacional: ese documento es el acta de nacimiento de la paleontología argentina. Este hallazgo lo lleva a reconstruir la historia de esa imagen: sus copias, traslados y reediciones, lo que lo conduce también al Museo de Ciencias Naturales de Madrid.4 Este gesto evidencia la tensión entre su método minucioso de archivo y la dimensión ensayística con que construyó Elogio.
De regreso al museo londinense, el biógrafo se concentra en el megaterio. Allí aparece Ameghino. No solo porque descubrió restos decisivos, sino porque detectó un error de representación: el esqueleto está montado erguido contra un árbol, cuando las pampas carecen de ese entorno. El medio, en este caso la pampa, determina la posición. Ameghino ya lo había señalado. En las notas, Lugones puntea que el mismo error se repite en París, y lo subraya con insistencia: “Acabo de ver que, en 1914, las cosas siguen lo mismo” (1915, p. 154). Ese gesto, la detección minuciosa del error europeo, se convierte en un modo de afirmación: Europa se equivoca sobre la pampa, y es el visitante argentino quien lo advierte.
La presencia de Lugones en Europa, especialmente en sus museos y bibliotecas, marca el tono de la biografía. Sus anotaciones marginales en los catálogos y guías de viaje se transforman, en el texto, en saber comprobado y en autoridad. La escena inicial en Londres inaugura un itinerario que convierte cada observación en pieza de una genealogía de hallazgos científicos. Tal como sostiene González, el museo es esencial para el pensamiento lugoniano porque funciona como un espacio donde la historia y la cultura se condensan en formas que trascienden el tiempo (González, 2009, p. 11). En esta biografía, Ameghino es el nombre que abunda en el recorrido museístico, es la obra de arte que se observa y analiza.
El viaje europeo le ofrece a Lugones una plataforma privilegiada para legitimar su erudición. Su permanencia en París, y su cercanía con las grandes capitales o metrópolis europeas, colocan su trabajo intelectual y escriturario en un lugar privilegiado: se encuentra en el más importante mercado de bienes simbólicos y en el eje de la configuración del imaginario moderno en el fin de siglo hispanoamericano (Colombi, 2008, p. 545).
En París, Lugones reflexiona, frente a la cultura universal, sobre los objetos nacionales del pasado y despliega su invención de arquetipos nacionales. Lo evidencian sus ya célebres conferencias sobre los dos poemas de Hernández que brinda en el Teatro Odeón, en su breve regreso a Buenos Aires en 1913. Tanto la construcción de la figura de sabio genio incomprendido para Ameghino como la recuperación de la figura del gaucho y su consecuente mitologización se moldean en París. Lugones coloca el arquetipo criollo en el museo europeo, estableciendo la continuidad cultural y el detenimiento de la historia que necesita para diseñar el linaje de lo nativo-gaucho dentro de la cultura clásica universal (Dobry, 2012, p. 14).
Quien escribe la biografía no es solo el biógrafo, sino también el viajero que observa, anota y examina. Las escenas de museo y las lecturas eruditas no aparecen como aprendizajes iniciales, sino como rutinas cotidianas de un escritor ya formado. Elogio es, en este sentido, el resultado de una ardua investigación y de una experiencia de vida, de la experiencia vital del biografiado, pero también del biógrafo. Detrás de toda vida que se cuenta, hay otra vida que la escribe. En este sentido, no hay disimulo en el texto. Lugones parece escribir soy yo escribiendo a Ameghino. Es su forma de ser en el texto porque es la experiencia personal la que lo habilita: es la adquisición de nuevos instrumentos culturales e intelectuales en el centro del mundo.
¿Un autodidacta argentino?
Como se señaló al inicio de este artículo, la biografía escrita por Lugones no fue la única publicada por aquellos años. La figura de Ameghino, uno de los paleontólogos más prolíficos e influyentes de América del Sur, quedó en el centro de disputas ideológicas tras su muerte. Una de las controversias más persistentes fue su lugar de nacimiento. Durante más de un siglo se sostuvo que había nacido en Luján, provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854. Sin embargo, estudios recientes han revelado que en realidad nació en Moneglia, Liguria (Italia), el 19 de septiembre de 1853 (Boscaini et al., 2021, p. 28).
Lugones disipa el problema de la nacionalidad del biografiado, cuestión que retoma la mayoría de las biografías dedicadas al científico. En Elogio, la nacionalidad no es un problema a atender con precaución. En el capítulo II, Lugones resuelve con apenas dos líneas la discusión: Ameghino nació en Luján en 1854, porque él mismo lo recordaba así. Más adelante insiste: “en el pobre rancho de Luján, donde nació, a orillas del río, en el seno de una familia de italianos, Florentino Ameghino recibió el bautismo de la vida” (1915, p. 22). Para Lugones, el origen argentino y humilde de Ameghino resulta esencial en la construcción de la imagen del genio surgido de la pampa.5
El orgullo de presentar a un sabio nacional se ve tensionado en el propio texto. El país que supuestamente lo vio nacer también lo condenó al olvido durante gran parte de su vida. Ameghino debió sostenerse con su librería metropolitana y con la venta de fósiles a museos europeos, costeando de ese modo dos décadas de investigación en la Patagonia. Sin embargo, esa posición marginal de Ameghino que se construye en la biografía encuentra un límite en el propio texto. Cerca del final, en el capítulo VII, Lugones enumera los cargos institucionales que Ameghino desempeñó: en la Academia de Ciencias de Córdoba, en la Facultad de Medicina, en la Universidad Provincial de La Plata y como director en el Museo Nacional de Buenos Aires.
De esta manera, también la imagen de autodidacta de Ameghino sufre su conmoción en el texto. El naturalista lujanense viaja a Europa por necesidad, pero también porque sus descubrimientos lo exigían. Su genialidad autodidacta precisó de instituciones y centros de formación para consolidar su práctica científica. En el capítulo VIII, Lugones rescata la formación que tuvo Ameghino en Francia, “aquella noble tierra donde halló justicia primero que en la propia, esposa y verbo comunicativo para su ciencia” (1915, pp. 134-135). Francia es presentada como el escenario que convierte al sabio de los márgenes en científico reconocido, pero asimismo como el lugar donde el propio Lugones decide instalarse junto a su familia en la segunda década del siglo XX.
En este pasaje de la biografía, la voz poética de Lugones se enciende en un elogio a Francia, la “estrella” que ilumina tanto al biografiado como al biógrafo. Nación espíritu, patria de la esperanza, se convierte en metáfora de una segunda patria intelectual, donde se entrelazan las trayectorias de ambos. Desde Luján hasta París, desde Ojo de Agua hasta la capital francesa: un recorrido que va desde los márgenes al centro para regresar luego a Buenos Aires.
La vida de Ameghino también estuvo marcada por esos desplazamientos. Viajó dos veces a Europa (1878 y 1881), donde vendió colecciones de fósiles que le permitieron financiar sus estudios en Argentina. Por su parte, Lugones partió a Francia en 1911 con las ganancias obtenidas por la publicación de Historia de Sarmiento (1911), regresó brevemente a Buenos Aires en 1913 y en esa ocasión aceptó la propuesta del empresario teatral Faustino Da Rosa para dictar las conferencias que, tras un proceso de reescritura, darían origen a El payador (1916).
Los dos linajes
Los museos y las bibliotecas europeas funcionan como espacios que habilitan la escritura de la vida del genio Ameghino, quien en el relato se configura como el agente principal de sus acciones. A través de una modelización verbal cuidadosamente articulada, Lugones proyecta y consolida la autoridad y el prestigio del paleontólogo: “¿Qué gloria de jefe o de amo, qué creación de dios teológico, alcanzarían semejante grandeza?” (1915, p. 96). Ameghino es el científico lujanense, hijo de inmigrantes italianos, que logró construir un patrimonio valioso: vastas y colosales genealogías a través de sus descubrimientos de fósiles arqueológicos en tierras lejanas. Como el biografiado, el biógrafo Lugones imagina nuevas filiaciones, construyendo para Ameghino un doble linaje letrado. Por un lado, el de los científicos europeos modélicos; por el otro, el del genio argentino, Domingo Faustino Sarmiento:
un sabio a la manera de Darwin y Cuvier, uno de esos ejemplares prototípicos cuya aparición demuestra la superior aptitud vital del pueblo donde se efectúa. Y como argentino, pertenece a la especie de Sarmiento: vale decir, la de los fundadores hercúleos, en quienes el poder genial corre parejas con lo inmenso de la obra (1915, p. 80).
Héroes extranjeros y el Hércules nacional son los arquetipos para entender el alcance de Ameghino. Y, por supuesto, se suma la mirada del biógrafo, que comprueba, recoge y sistematiza, al igual que el biografiado con los fósiles hallados. Descubrir y clasificar es, en ambos casos, conocer.
La presencia del zoólogo y estadista francés Georges Cuvier en Elogio es constante y determinante para comprender en qué textos piensa Lugones al escribir por segunda vez la vida de un genio por encargo, tras haber publicado Historia de Sarmiento a pedido del presidente del Consejo Nacional de Educación, José M. Ramos Mejía. En reiteradas ocasiones sostiene que las trayectorias de Ameghino y de Cuvier exhiben un carácter especular. Ambos comparten rasgos y experiencias profesionales notables: fueron autodidactas, comenzaron como preceptores en ciudades de provincia, trabajaron en la clasificación de los mamíferos y tuvieron una obra iniciadora –Sistema de la Naturaleza de Linneo y la obra de Lyell sobre la antigüedad del hombre traducida al francés, respectivamente–. Asimismo, ejercieron cargos en museos nacionales, impulsaron proyectos de organización museísticos, se consolidaron como referentes de su tiempo y participaron en reformas educativas de sus países. Estas correspondencias han llevado al autor a afirmar que Ameghino y Cuvier parecen reflejarse mutuamente: “Este detalle, como muchos otros que iremos notando, le da semejanza con Cuvier” (1915, p. 31).
Hipérboles, analogías, los modos retóricos del biógrafo continúan desplegándose para sostener la figura del genio científico: “Los hombres superiores, tampoco suelen disfrutar las predilecciones de la masa” (1915, p. 74); “Allá donde pudo efectuarlo, en su cerebro superior, había almacenado la ciencia de diez museos” (1915, p. 77).
Esta insistencia comparativa se sostiene, además, en una fuente concreta: el Éloge Historique de G. Cuvier, de Flourens.6 En esa obra, leída en sesión pública el 29 de diciembre de 1834 en la Academia de Ciencias Francesas, se traza un elogio encargado, escrito por un discípulo que busca conjurar el olvido de la figura nacional. Ese mismo gesto atraviesa el libro de Lugones quien, en 1915, ya como director de la Biblioteca Nacional de Maestros, afirmaba: “conviene advertir que las últimas voluntades de los hombres ilustres, son historia, desde luego. La justicia con los muertos, que es el más alto deber del escritor, consiste, sobre todo, en librarlos del olvido” (1915, p. 90).
El empeño por rescatar a Ameghino del olvido se articula con la imagen de un científico autodidacta, casi novelesco, que deambula y vende huesos para sobrevivir mientras trabaja en su librería. Su obsesión es el museo: preservar y estudiar los vestigios de organismos de otras épocas geológicas, explorar el pasado de la vida.
Cuando Lugones se inmiscuye en los descubrimientos y en la obra publicada de Ameghino, decide explicarlos, analizarlos y hasta corregirlos, basándose en catálogos de museos, guías de viaje y, sobre todo, en las marcas de lectura que dejó en los libros citados en la biografía, pertenecientes a su biblioteca personal. En los márgenes de Filogenia, retoma la crítica a “el grave error de los naturalistas” y analiza la desaparición de los dientes en ciertas especies. En Sur l'évolution des dents des mammifères (1896) compara y vincula observaciones con Filogenia. En L'évolution des théoriesgéologiques (1911) de Stanislas Meunier, incluso esboza un índice temático a partir de la lectura.
El seguimiento de estas genealogías y datos científicos, aparentemente originales, resulta arduo. Mientras elogia a Ameghino, Lugones también se elogia a sí mismo; es lo que Dalmaroni denomina “autoelogio desviado y exhibicionismo inmoderado” (2003, p. 18): él se presenta como el único capaz de comprender y enmendar al genio. Según Lugones, Ameghino no escribía bien, lo que hacía necesario un corrector y editor:
Debe, asimismo, someterse esa obra, como todos los escritos de Ameghino, a una expurgación y corrección literarias, de suma necesidad; pues hállanse erizados de impropiedades que atollan la expresión, constituyendo, por su misma importancia intrínseca, un mal ejemplo para el lector no avisado. Hay que combatir sin tregua esta calamidad argentina del solecismo (1915, p. 88).
La crispación del biógrafo ante “las calamidades argentinas” se acentúa. Como en otros pasajes de la biografía, Lugones despliega su actitud polémica y construye enemigos constantes: el olvido, el clero y la “chusma” de la democracia. La democracia, según él, iguala por abajo, sepultando al genio: “como la duna engulle por natural gravitación al árbol que despunta en ella” (1915, p. 127).7 La república, concluye, prefiere el cadáver glorioso antes que al vivo ilustre. Incluso, en una nota, mientras analiza la vida de Ameghino, Lugones se permite comentar la ley electoral en 1914.8
La cosa en la vida: el artesano Ameghino
En el capítulo VIII, Lugones trabaja sobre el resto, sobre lo residual de la vida retratada. Lo que queda hoy de Ameghino –el resto del científico lujanense– parece escribir Lugones, es el conjunto de huesos que coleccionaba. Pero aparece otra cosa: las piedras.
En el capítulo IV, cuando Lugones analiza los trabajos antropológicos de Ameghino sobre el hombre fósil hasta las capas miocenas, afirma que los descubrimientos en esos horizontes no han suministrado ningún esqueleto ni residuo orgánico del hombre, pero sí objetos cuya importancia es mucho mayor: bolas de piedra, esféricas y también sorprendentemente parabólicas, que demuestran que el ser que las fabricó poseía una mano hábil y una noción muy clara de las formas complejas.
Es decir, la cosa nos revela lo que el esqueleto no ha podido ni podrá suministrarnos, la existencia del ser humano y su inteligencia. Estos residuos son el hombre: no su esqueleto, sino el hombre vivo y en actividad, el hombre en movimiento. Esto marca un estremecimiento en el texto. En la biografía de un naturalista y paleontólogo, la materia orgánica es superada por los objetos.
No es casual que Lugones narre su primer encuentro con el biografiado haciendo especial foco en cómo lucía este humilde hombre que traía consigo –otro género empleado, la anécdota– una lista de fósiles argentinos típicos para hacerlos calcar en yeso, por pedido del inspector de enseñanza, el señor Leopoldo Lugones, quien lo confunde con otra persona:
Tres días después, una tarde recargada de quehaceres, entraba a mi oficina el sabio, bajo la figura de un italiano vejancón que vestía jaquette de lustrina y sombrero de paja amarilla. (…) Supuse que se trataba de algún artesano respetable, en procura, quizá, de beca para su hija, y le pedí que esperara un momento (1915, p. 27).
El artesano, como figura que condensa el poder del trabajo manual, en los sucesivos capítulos, se convierte en genio nacional. Y es por un biógrafo que recoge y sistematiza esos restos, esos residuos, para convertirlos en objetos materiales, sinónimos del movimiento, que den cuenta de una vida.
En cada uno de los estudios biográficos sobre los grandes hombres de la Nación que Lugones escribió por encargo, parece optar por la abundancia del detalle. En el prefacio a Historia de Sarmiento (1911) explica cuál es el propósito de este tipo de escritura: apreciar en su multiplicidad casos únicos del hombre genio en nuestro país. Sin embargo, aclara:
La biografía propiamente dicha, pasa, pues, á segundo término. En cambio, adquieren grande importancia los detalles concernientes al hombre íntimo, más persistente, desde luego, que el hombre público, y fundamento sustantivo de este último á la vez. Y ello no sólo en lo que se refiere á sus rasgos personales, sino á sus cosas. Las cosas de los grandes hombres, son, con frecuencia, tan interesantes como sus actos (1911, p. 7).
Tal como lo anuncia, Lugones va a construir y reconstruir a Sarmiento a través de sus cosas. La misma operación es realizada en Historia de Roca (2012 [1938]). La libreta personal de apuntes y las cartas del militar y estratega ejemplar son los objetos que convierten lo que allí se lee en fetiche: su escritura íntima es Roca. Leemos a Roca, leemos la verdad –la Pampa estaba muy lejos de hallarse cubierta de salvajes, estos ocupaban lugares precisos–. La escritura sin jerarquías, sin cadenas genéricas o de registro, expresa Lugones al realizar este contraste entre la escritura pública y la escritura privada del personaje retratado. Es otra vez la cosa escrita, usada, marcada –fósiles, piedras, herramientas y textos– la que da cuenta del gran hombre.
Elogio comienza con un recorrido por esas casas gigantes europeas, los museos, y finaliza, como se lee en el capítulo VIII, con una larga cita sobre el origen y conservación de la vida de los inéditos de Ameghino y con otro recorrido, ahora por una vieja casona de La Plata. Hogar sin hijos, allí funcionaba la librería de Ameghino, donde la pobreza creaba penosas obligaciones: “El negocio ocupaba una esquina, hallándose formados sus estantes por cajoncitos de tapa vertical, con que se disimulaba la escasez de artículos y se aprovechaba la capacidad excedente para guardar fósiles” (1915, p. 136).
El biógrafo observa las cosas de Ameghino como marcas y huellas de su trabajo, de su movimiento vital:
Su arsenal de naturalista hallábase formado por dos cajoncitos donde guardaba los huesos que tenía en inmediato estudio, varias lentes de bolsillo, dos o tres raspadores, unas tijeritas y una regla; objetos a los que es menester agregar los avíos de escribir, consistentes en tres tinteros ordinarios, otras tantas plegaderas y lapiceros, y pedacitos de papel, que solían ser restos de libretas, en los cuales tomaba sus notas con letra menuda y fina (1915, pp. 136-37).
Luego de escribir un breve catálogo, Lugones afirma que Ameghino se dejó morir porque había dejado de trabajar, porque había cesado el movimiento. Su amargura, el verdadero fracaso de sus empeños, fue no haber podido dar casa decente al museo. Ameghino no lo logró.
Sin embargo, Lugones entiende que la prosperidad vital –eso a lo que él llama vida, la síntesis entre lo verdadero, lo bueno y lo bello– se ha conseguido con la biografía. Viajes, recorridos, el museo, deseo de Ameghino, se reconstruyen por los desplazamientos del biógrafo y por su afán de descubrir la ansiada piedra: esos objetos testigos, vestigios de un hombre y de su inteligencia, de su movimiento. Esto lo habilita a elogiar y a elogiarse. Por eso, al final del libro, a Lugones los árboles que la duna engulle, que la democracia devora, le susurran: “¡Trabaja, hombre! ¡Renace, vida!” (1915, p. 147).
Fuentes documentales
Lugones, L. (enero - julio 1914). Revue Sud-Américaine.
National Gallery (London) (1911). British art catalogue. H. M. Stationery Office. [En la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional de Maestros. Con anotaciones de Leopoldo Lugones.]
Sociedad Científica Argentina (1913). Anales de la Sociedad Científica Argentina. (t. 75-76), Sociedad Científica Argentina. https://www.biodiversitylibrary.org/item/26194#page/9/mode/1up
Referencias
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Notas
Recepción: 29 abril 2025
Aprobación: 12 agosto 2025
Publicación: 01 noviembre 2025