Orbis Tertius, vol. XX, nº21, 2015. ISSN 1851-7811.
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria
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Dossier
Comunidades y relatos del libro en América Latina

El oficio y la academia: apuntes sobre las modalidades de circulación y producción de los libros

por Nora Catelli
(Universidad de Barcelona, España)

RESUMEN
Este artículo recorre la relación entre la experiencia en los oficios del libro (traducción, redacción, corrección) y las nuevas disciplinas académicas (traductología, historia del libro) que las transformaciones de los soportes materiales y financieros han suscitado.

Palabras clave: oficios del libro — exilio latinoamericano – academia — traducción

ABSTRACT
This article explores the relationship between experiences in book production (translation, writing, editing) and new academic disciplines (translation studies, history of the book) brought about by recent transformations in material and financial structures.

Keywords: book production — Latin American Exile – academia — translation


Movimientos de capital. Entre febrero y marzo de 2015, tras la última fusión masiva entre el grupo PRISA (Alfaguara y diversos sellos) y Random House Mondadori, un contingente de jefes de producción y de recursos humanos de Alfaguara (Madrid) llegó a Barcelona –sede de Random- y decidió racionalizar los grupos que forman parte del inmenso conjunto. Empezó por medidas levemente siniestras, como suprimir las luces indirectas sobre las mesas, que acolchaban apenas espacios de privacidad entre las distintas firmas en las desoladas plantas abiertas, semejantes a aquellas que alucinó Billy Wilder en El apartamento. Después procedió a los despidos, y se dedicó a soñar, con esa característica ignorancia de los ejecutivos, con un programa informático que pueda dirigir, casi sin intervención humana, la producción de los libros. Luego proclamó la rebaja de las tarifas externas (correctores de estilo y tipográficos, maquetistas, traductores) en un 30 por ciento. Ante las objeciones, dijo, además, que se llevaba la impresión a Madrid porque era más barato que Barcelona y a continuación advirtió que si los trabajadores, colaboradores y dueños de los talleres no se avenían a estas medidas, “se llevaba todo a Argentina” porque allí, por el cambio, era todo más barato. Desde el punto de vista de los barceloneses implicados, sería dramático; desde el punto de vista del mercado editorial, constituiría una marca más en la historia del nuevo capitalismo deslocalizado; desde el punto de vista lingüístico, es demográficamente lógico. Desde el político, es tan imperialista como “haberse llevado todo de Argentina”. Así se había hecho, secretamente, cuando, desde los años setenta del siglo XX, las traducciones argentinas, por ejemplo, se convirtieron en españolas por diversos medios, algunos refinados y otros torpes. En diversos trabajos (“El tópico de las malas traducciones sudamericanas vuelto a examinar”, Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, 30/07/2010; “Escenas de la traducción literaria en la Argentina”, La traducción en América Latina, Buenos Aires, Paidós, 2012; “La traducción neutra no es una pipa”, Revista Ñ, Buenos Aires, 24/09/2012), Marietta Gargatagli ha estudiado las reglas, caprichos e inconsecuencias de esos travestimientos practicados en la península, con un alcance general, durante el largo lapso de las primeras absorciones de las editoriales latinoamericanas por multinacionales españolas en los años ochenta y noventa del siglo XX.

Hay algo intrigante en esta elección geográfica para la amenaza: si las élites españolas, casi sin distinción de partidos, siguen sosteniendo el “papel privilegiado” del reino como interlocutor y como punta de lanza para penetrar editorialmente el codiciado territorio hispano de los Estados Unidos, ¿no sería México y su frontera natural la zona elegida? ¿Por qué no, efectivamente, México, que también posee una industria editorial y una vida académica fuerte; o Colombia, reputada cuna de la lengua, se dice, más pura del castellano americano? Es más: ¿por qué Argentina, cuya flexión nacional es la que más se ha separado de la norma europea? Además de las facilidades del cambio y de los fluidos intercambios editoriales ¿no hay en estas fantasías –y prácticas- neoliberales un componente simbólico, que oscila entre la rivalidad y el afán de control?

No hay una sola respuesta a estas preguntas; para intentarlo hay que remontarse a tres momentos: el exilio latinoamericano paralelo a la transición española; las transformaciones materiales de los soportes desde los años noventa del siglo XX y, por último, los debates de la lengua que, en buena parte, han aflorado con los nuevos soportes y con las también nuevas modalidades de la circulación.

Lo inesperado: una sociedad letrada incrustada en dos preexistentes. Entre 1972 y 1976, año en que desembarqué en Barcelona, se produjo, inesperada y fatalmente, la llegada de exiliados latinoamericanos a España, cuyo destino manifiesto, en la modernidad, era el contrario. España era un estado que expulsaba excedentes de población: el destierro de liberales y afrancesados en el siglo XIX y la emigración a las diversas Américas entre el XIX y el XX; el exilio masivo de la guerra civil y la también masiva emigración hacia Europa de los años sesenta, ambas en el XX. Si se atiende a estos datos obvios, no se puede exagerar el asombro y el desconcierto que la inversión demográfica motivó, a pesar del precedente de la incidental estancia en Barcelona de algunos escritores del boom, peruanos, chilenos o colombianos, cuya significación para la ciudad se ha glosado de múltiples maneras: desde la crónica hasta los repertorios de recepción de los latinoamericanos confeccionados por la universidad española. Hay que señalar que la renovación de la literatura española por parte de la latinoamericana fue, aunque acusadísima, estrictamente literaria, no editorial. Esas estancias hoy legendarias en Barcelona de Vargas Llosa, García Márquez o José Donoso no habían alterado la vasta red productiva, periodística y gráfica de Barcelona o Madrid y, por tanto, tampoco habían suscitado debates en torno del control de la lengua en las traducciones y en la producción editorial. Desde este ángulo estricto, lo único nuevo surgido a finales de los sesenta y principios de los setenta fue la figura del agente literario, como gestor o intermediario de los escritores del boom, que vieron en la Barcelona de finales del franquismo una oficina privilegiada, más que una sociedad literaria. Cuando se leen los relatos de los latinoamericanos del boom acerca de sus años en Barcelona entre los sesenta y los setenta se advierte que hablan del encuentro personal con escritores catalanes y españoles, porque hubo muchas y estrechas amistades, pero no de encuentros estéticos o descubrimientos formales –salvo el de la gran novela catalana de caballería Tirant lo Blanc (1490), de Joanot Martorell, por parte de Vargas Llosa-. En cambio, casi todos insisten extáticamente en el encuentro con Carmen Balcells.

En “Traductores del exilio: el caso argentino en España (1976-1983). Apuntes sobre el tratamiento de las fuentes testimoniales en historia reciente de la traducción” (Mutatis Mutandis: Revista Latinoamericana de Traducción, volumen 6, 2013), Alejandrina Falcón ha estudiado el exilio y la emigración argentina de los letrados y ha interpretado la coincidencia o los silencios en la confección de las listas de nombres de editores, traductores o correctores latinoamericanos que los propios implicados hemos evocado a lo largo de este período. También ha recogido las distintas etapas de aceptación, fastidio, rivalidad o rechazo locales, ante la lengua de esa nueva sociedad letrada de la que fui parte. Porque para los exiliados latinoamericanos, entre 1972 y 1976, las condiciones fueron distintas, marcadas por un cambio en la percepción de los locales: del extranjero interesante al agobiante numeroso.

Oficios. Yo tenía veintinueve años y había trabajado en la Universidad Nacional de Rosario, en la carrera de Letras, desde 1971 hasta 1975. Entre 1976 y 1996, hasta que entré a la Universidad de Barcelona -una reintegración, en realidad, debida al azar y a la amistad- trabajé en el mundo editorial y periodístico catalán. Hice mis primeros informes de lectura en Bruguera, con Juan (Carlos) Martini, bajo la estrella ascendente de Ricardo Rodrigo, el argentino que hoy es propietario del tercer grupo editorial español (RBA) y que fue socio de Carmen Balcells. Rodrigo sigue siendo uno de los pocos editores grandes que mantienen una estructura de empresa familiar en España. En Barcelona, el otro editor de empresa familiar es el conde de Godó, dueño del diario La vanguardia y de cadenas de radio y televisión. Al fijarnos en la composición accionarial actual de los grandes grupos editoriales españoles y, por extensión, en gran parte de los latinoamericanos, vemos que probablemente (el entramado de las acciones es casi indiscernible) sean RBA y el grupo Godó dos de los pocos que aún controlan más del 51 por ciento del paquete accionarial.

Desde 1977 a 1978-9 fui secretaria de Jorge Edwards, quien vivía en Barcelona y era director de la casa donde trabajábamos, una pequeña rama de Seix Barral llamada Difusora Internacional, dedicada a la venta de libros a domicilio, con una fuerte implantación latinoamericana. Cuando Jorge Edwards volvió a Chile, Carlos Barral entró en su lugar. En seguida Barral ganó un escaño de senador del Partido Socialista en las segundas elecciones democráticas. En 1982 me fui de la editorial. Desde entonces hasta 1997 trabajé como free-lance en todos los oficios del gremio: negra, traductora, redactora de fascículos (por ejemplo, para una colección de Historia de la Literatura Española con el pseudónimo de mi bisabuela Elena Carbonell), redactora de revistas de moda y cosmética, de historia, de contraportadas. Sobre todo hice centenares de lecturas y de biografías para editoriales diversas, además de traducciones.

Editoriales. Allí la experiencia laboral era de un intenso pragmatismo con rachas de malestar. Pero es necesario insistir: en medio del desconcierto local y la curiosidad primero y la resignación después, muchos de los que llegaron entonces (primero los chilenos y uruguayos, después los argentinos) buscaron trabajo en las editoriales. E innovaron la red del gusto editorial. De nuevo fue pionero en Bruguera Juan Martini, quien, además de renovar el policial, inventó una Colección especialmente significativa tanto por su catálogo como por el diseño de portada: “Narradores de hoy”. En “Narradores de Hoy” apareció por primera vez en España Bajo el volcán, en la traducción mexicana de ERA. Martini fue su auténtico impulsor. Esto fue singularmente notorio; Bruguera se desplazó parcialmente de lo popular y masivo hacia la cultura alta, a pesar de que en 1975 existían, además de editoriales españolas medias muy prestigiosas (Seix Barral), pequeñas casas medianas de gran nombre: Lumen (hoy Random House Mondadori), Anagrama (hoy casi del todo Feltrinelli), Tusquets (hoy Planeta). Trabajé mucho para Lumen, faro de la vida editorial desde los años sesenta gracias a que Antonio Vilanova, profesor de la Universidad de Barcelona, especialista en Góngora y gran crítico tradicional de la literatura contemporánea en la prensa–una especie de Jaime Rest a la barcelonesa- dirigía la colección Palabra en el Tiempo. Como muchos otros casos, Lumen era producto de la alianza entre la derecha franquista y la burguesía catalana, alianza que aceitó y facilitó el surgimiento de unas élites progresistas de segunda generación, que pudieron practicar actitudes antifranquistas sin desprenderse de las ventajas materiales heredadas de sus antecesores; lo contó hace pocos años, en parte, la propia Esther Tusquets en Habíamos ganado la guerra (2007) y en 2011 lo documentó especialmente Paul Preston en El holocausto español.

El sistema de cooptación de traductores, lectores, ilustradores, maquetistas, diseñadores gráficos era, como hoy, aleatorio. En cambio, ya no hay nada aleatorio en la membrana editorial. La traducción, los informes para editoriales y la corrección tipográfica y de estilo fueron así los espacios de esa primera inclusión masiva –en la España apenas postfranquista- de una pequeña sociedad letrada (la rioplatense, con la variedad chilena incluida) en otra, la barcelonesa, que a la vez estaba compuesta por dos, la catalana y la castellana. En aquellos primeros años Madrid era, salvo excepciones (Alianza, Alfaguara, Editora Nacional, Gredos) un apéndice de Barcelona.

Pocos de los que integraron la nueva sociedad letrada dominaban los oficios del mundo editorial antes de llegar. Puedo señalar que en esta primera etapa, desde 1976 hasta 1982, las reglas de juego absorbieron la nueva mano de obra: redactores de enciclopedias y diccionarios, de fascículos reciclados. Es curioso y hasta doloroso que durante el peor período de nuestras dictaduras se dieran las reacciones más irritadas contra la lengua de los sudacas, los latinochés: esa época terrible de desamparo coincidió con las más desdeñosas opiniones acerca de los “ultramarinos”. Había excepciones: Carlos Barral, poeta y memorialista extraordinario, recordado casi exclusivamente como editor, fue uno de los que mantuvo una actitud sin reservas respecto de esas nuevas flexiones presentes en Barcelona. No hay que olvidar que su madre era argentina y que, medio en broma medio en serio, defendía y practicaba nuestro uso de “recién”.

Critica de literatura española y universidad española. Empecé a escribir en la prensa (gracias a Ernesto Ayala Dip en El viejo topo y en Quimera; después en La Vanguardia y en El País); y, en los años primeros de la transición española hice, además de reseñas de literatura latinoamericana, mucha crítica de la novela peninsular que iba surgiendo en ese momento. ¿Por qué llegué a ocupar este último lugar, que producía no pocas reacciones adversas y del todo comprensibles, como la de una colega de la Universidad de Barcelona, quien afirmó en una clase (con razón) que yo producía una distorsión en la crítica española? No lo sé. Por un lado, el gran editor del suplemento de libros, Robert Saladrigas, de La Vanguardia, a quien me había presentado Ana Basualdo, me daba completa autonomía; tal vez juzgaba que al no conocer personalmente a los escritores yo opinaría con una soltura poco habitual entre connacionales. O quizá trasladé a esa práctica una tendencia irreflexiva a pensar cada literatura en una especie de discursividad historicista autosuficiente –digamos, con un Gustave Lanson para cada una- y trasladarla –traducirla, si evocamos la etimología del verbo- a un escenario lleno de incógnitas.

Además, yo sentía mucho interés por la literatura castellana porque no entendía cómo funcionaba: se daba, al menos en Barcelona, en una sociedad bilingüe, con tradiciones paralelas y autores que variaban entre las dos lenguas, con bruscos cortes y rechazos; con pugnas fallidas por la modernización, con disrupciones del pensamiento literario, con un masivo positivismo universitario junto a vanguardias plásticas y corrientes anarquistas. Y la lengua era también enigmática, oscura: ese castellano, a veces mesetario, a veces catañol, ¿cómo me sonaba? Su flexión parecía dura, más explícita que la nuestra, reticente al sobreentendido, notarial, menos irónica que sarcástica. En Barcelona, ¿cuál era (y es) el sustrato social y oral del castellano; cuál la del catalán? La mixtura lingüística de la calle no aparece en la literatura: hay una en catalán y otra en castellano, pero la mezcla sólo se da, impresa, en la reproducción costumbrista. La única manera de comprender ese escenario, era, para mí, la crítica. Me ayudaba el pasado: la universidad argentina que había abandonado a los veintinueve años era “enciclopedista” y la especialización en literaturas nacionales no existía; al contrario, la carrera de letras en Barcelona estaba completamente separada por lenguas a partir del segundo año. A pesar de que yo no estaba en la universidad, me encontré con esta característica en los cursos de doctorado. Decidí hacer una tesis sobre José Lezama Lima (una lectura de La expresión americana). La única intervención de mi director, el poeta Luis Izquierdo, que me dio una libertad irrestricta, tuvo lugar el día anterior a que yo imprimiera la tesis: me llamó aterrado para señalar (“no por mí, sino por los otros, los de la Comisión de Doctorado”) que yo utilizaba demasiados americanismos. Me señaló uno especialmente radical. No había advertido que era una cita extensa del propio Lezama. Lo tranquilicé. Sin embargo, me intranquilicé: a pesar de que ya habían pasado quince años desde mi llegada a Barcelona, ¿continuaría siendo mi lengua académica “americana” o “americanista”? En realidad, nunca lo he sabido. En 1991, aún free-lance, había publicado El espacio autobiográfico, que es, visto ahora, un trabajo universitario sin universidad, un libro de teoría literaria, emergido de los nombres y las posiciones que había aprendido (y entusiásticamente enseñado) en los años de Rosario. Cuando en Barcelona volví a la universidad en 1997, gracias a Jordi Llovet, lo hice en un espacio de “especialización” cuyo sustrato epistemológico propone la antiespecialización: “Teoría de la Literatura y Literatura Comparada”. España es el único país europeo y quizá del mundo donde la “Teoría de la Literatura y Literatura Comparada” es un área de conocimiento específica, lo cual se debe, precisamente, al rechazo de la teoría. Al no poder suprimirla, la universidad española la encapsuló.

Oficios editoriales y espacios académicos: vidas. La preparación de los estudios de autobiografía me había llevado a Paul de Man. No fue casualidad que en 1988, mientras lo estudiaba, tradujese sus “Conclusiones acerca de La tarea del traductor de Walter Benjamin”. Paul de Man comparaba el texto de Benjamin con las versiones de Maurice de Gandillac y de Harry Zohn, y yo le agregué, en las notas al pie, la de Héctor Murena. Comprobé, con orgullo nacional, que Murena se equivocaba menos, formal y conceptualmente, que el francés y el anglosajón. Sin saberlo, esa traducción de Paul de Man acompañaba el nacimiento de una rama de la teoría -la traducción- hasta entonces relegada a la consideración de mero oficio. Diez años más tarde Marietta Gargatagli y yo publicamos El tabaco que fumaba Plinio: Escenas de la traducción en España y América: relatos, leyes y reflexiones sobre los otros (1998). Nuestro libro es la caja de resonancia polémica e inadvertida del surgimiento de los estudios académicos de traducción, disciplina eufórica, que se orientó hacia la traductología. Nosotras nos negábamos a abandonar la historia, aunque recogíamos ideas rectoras y luminosas de la lingüística de la traducción y, sobre todo, de Roman Jakobson, algunas de las cuales sostienen hoy cualquier espacio de debate: la primera e indiscutible es que la equivalencia en la diferencia sea el problema cardinal del lenguaje y constituya, además, el principal objeto de la lingüística.

La mirada académica sobre los oficios: una secuencia significativa. En los años ochenta, junto que la visibilidad de la traducción como escenario del debate sobre la lengua, la historia y la percepción del otro, surgieron otras disciplinas que razonaban sobre el soporte de los textos, sobre el hecho material del libro y de la escritura. Además del auge de la crítica genética (de la que son extraordinarios exponentes Julio Premat y su círculo sobre Juan José Saer; y Daniel Balderston sobre Jorge Luis Borges, por ejemplo), Roger Chartier recogió la tradición de los Annales, la fundió con la ecdótica, despojó a la ecdótica del inmovilismo tedioso de la filología tradicional y ofreció a las universidades el desafío de una mirada nueva sobre los soportes. Creo que los estudios de traducción y el análisis de la fabricación y circulación de libros se adelantaron, así, a las nuevas condiciones de la producción material de la circulación de lo escrito. La temieron, la previeron, la imaginaron. La investigación universitaria le marcó, a los oficios, el ámbito de sus propias transformaciones.

Lo digital y el control de la lengua. Estos ámbitos ofrecieron instrumentos críticos antes de que lo digital tuviera lugar; y le confirieron un espacio para pensarlo. Ese espacio tuvo que alojar, además, el foro de un debate que, aunque recurrente en castellano, adquiere ahora la urgencia y la posibilidad material y tal vez simbólica de alterar una hegemonía discutida aunque nunca modificada: el control de la lengua. Cuando, para volver al principio de estos apuntes, se amenaza a los barceloneses –y españoles- con la deslocalización y el traslado de la producción a Argentina ¿se piensa en este peligro (visto desde el ángulo español)? ¿O se esgrime una nueva política transnacional en la que la mano de obra americana constituiría una tropa capaz sólo de ofrecer una versión primera en una lengua que sería más tarde despojada de las huellas de la localización al ser “traída” a España? Del otro lado: ¿es posible armar políticas editoriales y públicas desde América? ¿Es posible que las universidades americanas piensen y fabriquen, incluso, herramientas materiales? ¿Es posible superar la distinción entre “editoriales independientes” y “multinacionales”, distinción que muchas veces enmascara intimidades e identidades intercambiables? Y, sobre todo: ¿puede hacerse sólo desde la universidad o hay que atender a las servidumbres e inconsecuencias y azares de los oficios? Tras haber practicado casi todos ellos, defiendo la oscilación discursiva entre la artesanía y la disciplina académica, entre la necesidad de sistematización y la irrupción de la vivencia de la escritura, zona mínima de creación en la lengua.

 

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