Orbis Tertius, vol. XXI, nº 24, e026, diciembre 2016. ISSN 1851-7811.
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

Reseña/Review

 

 

David Mauricio A. Solodkow, Etnógrafos coloniales. Alteridad y escritura en la conquista de América (siglo XVI).

Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2014, Teci, 506 páginas.

 

CITA SUGERIDA
Añón, V. (2016). [Revisión del libro Etnógrafos coloniales. Alteridad y escritura en la conquista de América (siglo XVI), por David Mauricio A. Solodkow]. Orbis Tertius, 21(24), e026. Recuperado de http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTe026


Desde que en 1988 Rolena Adorno afirmó que los estudios coloniales hispanoamericanos se encontraban en el umbral de un cambio de paradigma, presumiblemente hacia zonas más provechosas y menos dogmáticas, los estudios literarios se dedicaron a recorrer esos nuevos confines, con suerte diversa. Ya fuera ampliando el corpus para sopesar los bordes del archivo, ya fuera abriendo las compuertas (críticas) hacia teorías y categorías diversas, muchas de ellas provenientes de otros campos, las preguntas y revisiones conceptuales estuvieron a la orden del día. Etnógrafos coloniales. Alteridad y escritura en la conquista de América (siglo XVI) de David Mauricio Solodkow (formado en la Argentina, con un doctorado en Vanderbilt, USA, y actualmente profesor en la Universidad de los Andes, Colombia) se inscribe en esa encrucijada y organiza su disputa en torno a ella. Y hablo de disputa porque este libro es un texto polémico, en el mejor y más provechoso sentido. Si el discurso colonial se organiza a partir de los modos y la prosodia de la esgrima verbal, la argumentación y la configuración clara de un locus enunciativo, la mirada de Solodkow recoge el guante y hace de la exasperación crítica y de la pregunta por la validez de tranquilizadores presupuestos su tonalidad peculiar.

Organizado en seis capítulos, que se inauguran con una sesuda y extensa introducción, el libro propone como categoría articuladora la de “discurso etnográfico”, al que define por su función performativa, como aquel que “sostiene, cruza y legitima gran parte de la autoridad (y del autoritarismo) de la episteme occidental y [que] ha sido uno de los instrumentos responsables de la generación, histórica y sistemática, de una violencia inagotable” (16). Pero el discurso etnográfico también será un suerte de “dispersión de enunciados en torno a la alteridad” (18). Me interesan estas dos definiciones colindantes por varios motivos. Por un lado, porque muestran la forma, progresiva y concéntrica, en que todo el volumen plantea su argumentación, iluminando caleidoscópicamente diversas dimensiones del concepto tanto a partir de cruces teóricos como de análisis textuales y ejemplos puntuales con textualidades del siglo XVI. Por otro lado, porque ambas hacen ingresar dos dimensiones centrales, la violencia y la alteridad, que articulan tramas y contradicciones en el archivo colonial temprano. Asimismo, proponen otra intersección, vital, entre experiencia y representación, y postulan un difícil locus crítico al pensar las formas en que el discurso produce y tramite la experiencia. En este sentido, la inscripción de este estudio en la crítica literaria (aunque no solamente, como enseguida apuntaré) aporta una sensibilidad crucial, que se replica a lo largo de todo el ensayo.

La otra dimensión fundamental en esta conceptualización es la etnográfica. Con inteligente capacidad de síntesis, el autor retoma una discusión de larga data en la etnografía y la antropología respecto de los usos de estas disciplinas, sus vínculos con proyectos imperiales, sus configuraciones de tiempos y espacios asincrónicos o subordinados, la responsabilidad cuando se trata de dar cuenta de un Otro, a veces —aunque no siempre—, definido a partir de la noción de alteridad. Más allá de este campo de disputas que el libro reconstruye con las figuras de James Clifford, Clifford Geertz, Johannes Fabian (y las críticas a los postulados de Levi-Strauss), la propuesta es ampliar la acepción de lo etnográfico, haciéndose cargo de sus limitaciones pero también inscribiéndolo en una temporalidad diacrónica más amplia, que tiene al universo colonial hispánico (siglo XVI) como productivo punto de partida. Se trata de una senda ya marcada, entre otros, por Carlos Jáuregui, Rolena Adorno y Mercedes López Baralt, pero a la que este volumen le agrega complejidad, sistematización y definiciones categoriales asertivas.

Para ello, trabaja con una metodología polifacética, en el cruce entre la crítica literaria, los estudios culturales, el análisis del discurso, la antropología y, me atrevo a agregar, los estudios culturales, lo cual le permite dar cuenta de experiencias, representaciones y mediaciones de manera engarzada, no contrapuesta. Con esta perspectiva, organiza un corpus heterogéneo de textualidades de tradición occidental, que va desde los escritos y el Diario del primer viaje de Cristóbal Colón (1492) hasta la Historia natural y moral de las Indias de José de Acosta (1590) pasando por las Leyes de Burgos, el debate entre Sepúlveda y Las Casas (1555) y las numerosas escrituras por parte de este último, tratados y crónicas etnográficas de los primeros evangelizadores, los Primeros memoriales y la Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún (1585) entre otros. Es decir, cien años; textos que aluden a (o se producen desde) el Caribe, la Nueva España, la Nueva Granada, el Perú; cartas, diarios de viaje, crónicas, informes, probanzas, leyes. El corte no es genérico sino hermenéutico: se leen problemas, condiciones de decibilidad (y sus límites) y texturas formales para interrogar una zona del archivo americano mucho menos transitada de lo que podría creerse.

Así, los capítulos versan sobre la teratología, el origen y la representación de la alteridad como justificación de la conquista y de la propia identidad en mutación (I); sobre los cruces entre etnografía, utopía y figura del caníbal desde los escritos colombinos en adelante (II); sobre legalidades, soberanía y configuración de una racionalidad imperial-teológica (III); sobre demonologías, supresiones y paranoias coloniales (IV); sobre la paradoja etnográfica y la mancuerna retórico-pragmática entre conocimiento y formas de dominación (V); y, finalmente, sobre los usos del providencialismo, el tramado escatológico y la herramienta evangelizadora promediando casi un siglo de experiencias de conquista (VI). Como puede verse, los temas, objetivos y categorías son ambiciosamente amplios, aunque el libro los sortea con pericia, en un difícil equilibrio entre el trabajo de análisis crítico, el desglose de sus funciones performativas, las extensas citas que componen una suerte de polifonía de formaciones discursivas que vemos configurarse como tales capítulo a capítulo.

En esta trama se destacan el capítulo IV, “América como traslado del infierno”, por la sutileza y pormenorizado detalle que con que se analizan dispositivos retóricos, figuras, formas, entre los cuales se destaca la analogía como procedimiento etnográfico (Foucault y Adorno mediante). También el capítulo V, “Bernardino de Sahagún y la paradoja etnográfica”, por su polémica osadía y novedosa lectura de textos soporíferamente abordados por la crítica. Allí, Solodkow pasa erudita revista a las diversas lecturas sahaguntinas y discute con aquellas que, a partir de una glorificación del carácter supuestamente enciclopédico de la Historia general, olvidan la violencia simbólica, correlato de la violencia efectiva, que este proyecto contribuyó a gestar. Resuenan aquí los ecos del Michel de Certeau de “La belleza de lo muerto”, cuando se preguntaba si la cultura popular (el subalterno, el indígena) existe fuera del gesto que la suprime. La polémica con Miguel León Portilla y Luis Villoro, entre otros, es provechosa también por lo que enseña respecto de los riesgos de canonizar figuras que, al ser cristalizadas, pierden densidad y espesor.

Si el libro revisa el archivo cronístico, también hace lo propio con el archivo crítico, y pone a dialogar ensayos latinoamericanos con teorías poscoloniales y estudios culturales (Rama, Cornejo Polar, Subirats, Bartra, Dussel, Bolívar Echeverría, Samin, Hall, Quijano, Rabasa entre otros), a los que suma las teorías de Foucault y Derrida. Se trata de un gesto complejo, que todo aquél que trabaje literatura colonial enfrentó alguna vez y que este libro supera con prestancia. En dicho corpus crítico me gustaría subrayar la pregnancia de la categoría “ciudad letrada” tal como la planteó Ángel Rama, ya que indica un rastro que el volumen sigue con avidez. Si la figura contradictoria del letrado y sus vínculos con el poder constituye una noción rectora para acercarse a frailes-letrados como Acosta, Sepúlveda, Las Casas, Sahagún, la doble dimensión, efectiva y simbólica, con que Rama describe a esta ciudad funciona como lente a través de la cual Etnógrafos coloniales piensa escritura, mediación y performatividad. Además, el texto de Rama vuelve sobre una noción central y de múltiples valencias: la de escritura. Escritura como tecnología y herramienta; escritura como brazo de la violencia simbólica que vuelve efectiva la conquista militar. Escritura también como trazo que anuda representación, subjetividad y corporalidad en la medida en que llevará inscriptas las pausas, los rodeos, las certezas y respiraciones de autores, escribas, amanuenses, traductores, notarios (entre los numerosos actores posibles de la ciudad escrituraria del siglo XVI). En esta concepción Rama y Derrida se reúnen, por lo que Etnógrafos coloniales funciona también reponiendo el diálogo trunco de este libro póstumo del intelectual uruguayo.

Por último, quisiera señalar la potencia de ciertas imágenes que describen la función del crítico y que atraviesan el libro desde la introducción, donde las metáforas de la visión conforman un ideal y una advertencia. Según Solodkow, investigar estos textos implica develar lo que estaba velado en el Otro, realizar una lectura a contrapelo, “poner en práctica una mirada sesgada” (49), “leer las etnografías coloniales con un lente caleidoscópico”, sin dejar de pensar también “las agencias indígenas y la violencia ejercida contra éstas” (49). Si abordar este corpus colonial es mirar de otro modo, de manera desviada, también requiere ser exasperadamente conscientes de los riesgos de la crítica en tanto reproductora de matrices etnocéntricas. “¿Qué ves cuando me ves?” nos preguntan las crónicas desde las páginas de Etnógrafos coloniales, anticipando un verso de Divididos. En este sentido, el libro habilita la pregunta especular: ver al Otro para verse a sí mismo, no en el reaseguro del saber letrado sino en la mejor tradición crítica latinoamericana, aquella que nos obliga constantemente a pensar el presente en el espejo del pasado, “…cuando la mentira es la verdad”.



Valeria Añón

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