Orbis Tertius, vol. XXI, nº 24, e024, diciembre 2016. ISSN 1851-7811.
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria

Reseña/Review

 

 

Mabel Moraña, Churata postcolonial.

 

Lima, Latinoamericana Editores-CELACP, 2015, 262 páginas.


CITA SUGERIDA
Di Benedetto, M. (2016). [Revisión del libro Churata postcolonial, por Mabel Moraña (ed.)]. Orbis Tertius, 21(24), e024. Recuperado de http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTe024


Partiendo de una férrea convicción, materia prima de las arriesgadas apuestas críticas, este estudio sobre la obra de Gamaliel Churata busca dar cuenta de su inestimable aporte a los debates literarios latinoamericanos, dado que “Churata —nos dice Moraña al comienzo— no está atrás de nosotros, sino adelante”. La propuesta del libro, de esta manera, roza lo inconmensurable: el objetivo es poner en diálogo constante los presupuestos teóricos con que el autor de El pez de oro (1957) fue dándole forma a ese mamotreto en el que la crítica literaria cada vez incursiona más; es decir, se plantea de qué manera el intento de “extremar el proceso interpretativo” del texto de Churata tiene como posible resultado el hallazgo de su supuesta idoneidad en tanto que receptor de la teoría postcolonial.

Así y todo, Moraña acepta este ambicioso desafío. En la primera parte, que consta de diez apartados, la autora aclara además que no ofrece ninguna “verdad hermenéutica” con respecto a la totalidad de la obra del autor puneño, sino que más bien hace de su ebullición teórica la raíz del abordaje interpretativo: nos muestra por tanto la particular inserción del texto dentro de la problemática que hace énfasis en el asedio a una condición postcolonial americana/indígena, así como también “de las formas complejas de subjetividad y resistencia epistémica que esta genera”. Es decir, pugna por desentrañar, al interior de la madeja del colonialismo del poder instalado en Latinoamérica, en qué medida somos capaces de entender la obra de Churata como un reducto, una caverna que desde el lago Titikaka, y tan sólo con sus herramientas interpretativas más cercanas, le hace frente a la dominación cultural, económica y política.

En este sentido, Moraña ilumina efectivamente la caverna, ese espacio que funciona como origen de la imagen de escritor autodidacta del propio Churata, el refugio constante de su huída a la repartición y clasificación de saberes que le proponía el esquema escolar. Y hace de ese gesto inicial de la ficción biográfica la clave de bóveda de todo su enfoque crítico. Proyecta desde allí, como si se tratara de un ensayo menor, el desparpajo teórico, la “descolección”, como diría García Canclini, de los saberes tildados de universales que domina la estética de Churata.

La determinante contaminación de los “muros epistémicos” de Occidente, el desorden mismo inherente a la óptica churatiana, va inoculando, en esas grandes masas de conocimiento, intersticios por entre los que se observan los particularismos de culturas prehispánicas e incluso orientales, que vienen a desestabilizar las posiciones hegemónicas de esos saberes dominantes. Dichas grietas en las paredes de la ciudad letrada son un instrumento recurrente en el proceso creativo de la escritura de Churata.

Para ilustrar esta constante, Moraña se remonta a los comienzos del escritor de Puno como promotor cultural a través de las varias publicaciones que dirigió. Marcado por su “posicionamiento provinciano” y “desplazado de la centralidad limeña”, de ninguna manera opta por plegarse a los mandatos estéticos que dictamina la capital, sino que hace un uso de ese corrimiento al hallar a través de las revistas La Tea, Gesta Bárbara o sin dudas desde el Boletín Titikaka, el confort de la legitimidad que capitaliza su gesto, en principio, primitivista. Como manifestación de eso que Mariátegui denominó “indigenismo vanguardista”, la flexión específica que adquiere la representación del indígena como problemática central de las polémicas entre los intelectuales capitalinos y los provincianos le sirven a Moraña como excusa metodológica en función de la cual repone todo el contexto histórico-cultural. Pone en tensión de esta manera las inflexiones específicas que adquiere la cultura andina como particularismos que se le escurren a la definición de la corporalidad de un Estado-Nación que en la década del veinte pugna por hacerse de un basamento teórico que le confiera estabilidad.

Así, la correspondiente orientación organicista en la interpretación de los procesos sociales, que nivela todos los discursos de la época, lleva a la autora a poner en discusión los planteos de Valcárcel y de Uriel García con los de Churata definiéndolos como resonancias de las intensidades que circulan por el cuerpo de lo nacional, pero a un nivel, digamos, epidérmico. En contraposición, se deja en claro que los argumentos del puneño buscan hacer de la matriz andina “una plataforma irrenunciable de la nacionalidad y de su articulación a lo moderno”, buscando, al hurgar en la profundidad bárbara del sujeto andino, los lineamientos de un proyecto nacional que provenga de una especie de injerencia teórica de los márgenes. La estrategia compositiva de la obra de Churata subvierte de esta manera siglos de marginación epistémica, optando por una re-lectura de las tradiciones ancestrales en virtud de un proceso de “re-funcionalización de esos aportes en un presente que potencia tales contenidos con nuevas lecturas y síntesis inéditas”. En tal sentido, la instrumentalización del mito y su relación con la temporalidad andina, o incluso el protagonismo que adquiere todo un torrente de saberes andinos, por citar sólo dos elementos, como lo son los animales mitológicos o incluso los mismos retablos como artefactos típicos de la cultura popular.

Se pone el énfasis, por lo tanto, en la lectura de una “epistemología de las ausencias” siguiendo para ello los aportes de Boaventura de Sousa Santos, según los cuales esta epistemología “vendría a operar una recuperación de saberes sumergidos y abriría las compuertas de formas de percepción de lo real que no pasan por las de la razón instrumental, que admiten retornos y simultaneidades de saberes, creencias y proyectos”. Moraña rescata los planteos del sociólogo portugués y pone en funcionamiento una operación de confrontación con el discurso de Churata que se repite asimismo con las propuestas en materia de pensamiento postcolonial de Ernesto Laclau, Walter Mignolo, Anibal Quijano o de Javier Sanjinés. A través de esta torsión repetitiva de su discurso, la exposición de Moraña indaga (y hace factible) un rol de adelantado, de pionero, para los planteamientos de Churata tanto en El pez de oro como en Resurrección de los muertos en lo que respecta a la propia escritura churatiana como “elaboración de la otredad que define a la cultura andina como la exterioridad crítica (el afuera constitutivo) del occidentalismo”.

Dos son las aproximaciones críticas de Moraña propiamente destinadas a ese discurso churatiano. En primer lugar, la autora se detiene en lo que denomina el “performance diglósico” de sus innovaciones compositivas, eso que el mismo Lienhard ha denominado “literaturas alternativas” que vienen a poner en escena la interface entre escritura y oralidad propia de los “letrados biculturales”, haciendo hincapié para ello no sólo en la tradición literaria que abreva en este esquema diglósico, como sería la de José María Arguedas, a quien Moraña alude en variadas ocasiones, sino que más bien se dedica a resaltar esta escritura como si se tratara de un proceso de “inscripción”. Labrado, esculpido del lenguaje, que torna opaco el régimen de legibilidad burgués occidental. Por tanto, ante el resquebrajamiento de los núcleos de sentido del discurso, Moraña halla la funcionalidad primordial que adquiere en consecuencia la “mímica” en tanto que instrumento capaz de desglosar los modelos de conocimiento hegemónicos, la manera en la cual el sujeto colonial se apropia de “paradigmas que son propios del sistema cultural del dominador”. La copia, el collage, la ironía y la parodia, para Moraña, son formas de imitación que “desnaturalizan los modelos foráneos o cambian su sentido” constituyéndose así en categorías útiles, camufladas si se quiere, para el despliegue de subjetividades subalternas que se posicionan en un lugar de “equivalencia epistémica”.

La segunda parte del libro funciona como “Apéndice”, incluso lleva este título, y está acompañado de un llamativo subtítulo: “Vías de acceso para el estudio de Gamaliel Churata (30 claves)”. La autora reconoce que su intención es otorgarle una matriz ordenadora a la multiplicidad de aspectos interpretativos que condensa la obra del puneño, indicando para ello en cada una de esos apartados las posibles preguntas que expanden el panorama teórico-crítico de la escritura churatiana. Cinco son los grandes temas a abordar por Moraña, subdivididos a su vez en varias preguntas afines al tema que los engloba, a saber: “cultura”, “modernidad”, “política”, “epistemología” y “composición y lenguaje”.

Como bien lo intenta al comienzo del Pez de Oro el propio Churata con su “Homilía del Khori Challwa”, en este libro Mabel Moraña viene a poner en práctica aquello que allí se hace evidente: una exhortación a los fieles con la intención de hacer más accesible el entendimiento de la palabra híbrida del pez de oro, poniendo a este acto de interpretación, a esta homilía, en el lugar de una instancia pedagógica que anticipa y vuelve más viables un conjunto de saberes pertenecientes al sistema cultural andino, a través de una instancia discursiva que, a modo de retablos, se encarga de descomponerlos en sus diferentes núcleos explicativos.

 

Matías Di Benedetto

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